Paca Briceño. Profesora de baile

"Quiero dejarlo, pero me da mucha pena. Esto es mi vida"

  • Después de toda una vida entera bailando y dirigiendo grupos de baile, sigue apostando a punto de cumplir 82 años por el folclore desde su academia.

Los que la conocen y la tratan dicen que tiene genio, que tiene garra. Y desde luego está llena de vitalidad, a pesar de que en menos de un mes cumplirá 82 años. Francisca Briceño Ramírez, Paca Briceño, sigue vinculada a la que ha sido la pasión de su vida, el baile, y todavía al frente de su academia sigue defendiendo el folclore y los bailes regionales.

-Toda una vida bailando...

-Toda una vida, sí, porque yo desde pequeñita ya bailaba por mi cuenta. En el colegio cuando todavía estaba en Medina, cada vez que venía alguien de visita me llamaban para que bailara. Luego en Cádiz, en el colegio de la Torre Tavira donde me mandaron a estudiar las Hijas de la Caridad, que se portaron muy bien conmigo, enseñaba a las niñas los bailes que yo veía en la Sección Femenina. Ya entonces daba clases, porque me ha gustado de siempre.

-Y ha conocido medio mundo gracias al baile.

-La primera vez que me llamaron era para ir a Guinea, pero mi madre no me dejó. Ya luego sí bailé por España en todos sitios; también en la exposición de Bruselas del 58, donde estuvimos dos meses. Eso con la Sección Femenina. También recuerdo que inauguramos en Portugal los festivales de folclore que luego se han hecho en Cádiz. Y desde ahí estoy viajando.

-Habrá bailado para personajes conocidos o con ellos, ¿no?

-Yo particularmente he bailado en las fiestas típicas cuando la ceremonia de coronación, con Carranza de alcalde. Recuerdo que creí que me moría cuando salí al escenario en San Juan de Dios, lleno de gente. He bailado también para la duquesa de Alba, que vino para un paso del ecuador de los estudiantes de Medicina. Aquí siempre me llamaban a mí y a los de Paco Alba cuando había celebraciones. Ya más tarde hemos bailado para ministros y cada vez que venía gente, porque Jerónimo Almagro me invitaba siempre a esos actos y después yo me arrancaba sin que nadie me dijera nada. También recuerdo los paseos en los barquitos por la Bahía en el Trofeo, donde iba siempre mucha gente conocida.

-Entre escenarios y actuaciones ha vivido usted todo el tránsito desde la Dictadura hasta el día de hoy. ¿Cómo ha sido todo eso?

-Todo eso nunca influía en nosotros. Yo soy demócrata, eso lo tengo claro. Pero yo me he dedicado siempre a lo mío, sin importarme de qué color político se trataba. Mira, Pepe Mena, que era comunista, formó parte del primer ayuntamiento demócrata y me cogió para la comisión de Fiestas, donde hicimos el concurso de tanguillos y otras cosas con Manolo González Piñero y más gente. Bueno, pues Pepe Mena quiso que yo entrara en política, pero yo siempre dije que no. Yo me meto en todos los líos que haga falta porque me gusta, pero me da igual el color político.

-¿Y Cádiz, cómo ha evolucionado en todo este tiempo?

-Hombre, la ciudad ha mejorado, las calles se ven más limpias y todo eso. Pero yo echo en falta educación cívica. Los que tenemos que mejorar somos nosotros. Antes había otro ambiente, era todo distinto. Había más educación.

-¿Ha sido el baile y el folclore la gran pasión de su vida?

-Sí. A mí me gusta todo el baile, pero lo que más me gusta es el folclore, porque son nuestras raíces. En mi grupo tenemos bailes y trajes tradicionales de toda Andalucía. Y de la provincia de Cádiz lo tenemos todo, tanto baile como vestuario auténtico. También me gusta mucho la escuela bolera, que aprendí con la sección femenina. Son bailes muy curiosos, que a mí me encantaban. Uno, por ejemplo, le dicen el candil, porque los señoritos de Cádiz y de Sevilla iban a Alcalá de Guadaira a las peleas de gallos y después iban a las tabernas donde la única luz era la de los candiles y donde había chicas que bailaban.

-¿Tiene Cádiz un flamenco y un folclore a la altura de otras ciudades?

-Tiene un flamenco muy bueno, hay gente muy buena bailando por ahí, niñas que bailan muy bien; pero folclore nada más que lo tengo yo. De todas formas, también debo decir que el flamenco de mi época era mucho más light que el de ahora. Antes era casi todo braceo y coreografía; ahora es más 'zapateao' y vestidos. Yo soy más clásica.

-¿Qué le ocurre al folclore, por qué no está tan valorado?

-Hay mucha gente que le gusta el folclore más incluso que el flamenco. Yo estoy luchando por esto desde hace muchos años, lo que pasa es que a todo lo llaman flamenco, aunque sea folclore o sea escuela bolera. No saben diferenciar las tres clases de baile. En Cádiz, por ejemplo, lo único que se mantiene de folclore es el tanguillo; y las que saben bailarlo, porque se ve cada cosa en los concursos...

-¿Habría entonces que apoyar más el folclore?

-Por supuesto. Está muy olvidado por parte de todos. Al flamenco le dan, al Carnaval le da, pero al folclore nada. El folclore no lo apoyan nada; y aunque esto pasa en muchos sitios, en Cádiz todavía más. He estado luchando toda mi vida por el folclore, que es la raíz de todos los bailes. Eso no se puede perder.

-¿Y por qué decidió abrir una academia de baile usted, que aprendió por sí sola?

-Yo cuando vine a Cádiz con diez años busqué algún sitio para aprender, pero en el único que había, el Aceitunero, me aburrí a la semana y me fui. Ya luego entré en la Sección Femenina, y al poco tiempo la instructora se puso mala y me pusieron a mí. Yo aprendí enseñando, curiosamente. Y enseño porque me gusta, porque me ha gustado siempre. Si no, ¿como iba a ir yo con 82 años a enseñar a las niñas todavía hoy? La satisfacción que me da ver a una niña bailar bien me compensa con creces todo lo demás. Hombre, ya no es igual que antes. Sigo llevando la academia, pero ya por la edad no la llevo como antes. Este año, por ejemplo, doy clases a las pequeñitas y a las niñas de 12 y 13 años. Todas las demás clases las da Jesús Fuentes, que es un gran profesional y da gusto verlo bailar. Él es el que me ayuda a tener la academia en pie.

-Y su grupo de danzas, que también sigue con vida después de tantos años.

-Mi grupo es el mejor, y lo digo así aunque pueda parecer pedante o puedan decir lo que sea. He comprobado que en mi academia y en el grupo se quedan las que verdaderamente se tienen que quedar, las mejores y los mejores. Porque yo mantengo mi disciplina; no me gusta que lleguen tarde, que lleguen sin peinarse, que no se arreglen... Y eso lo llevo a rajatabla. Además, hoy tengo en el grupo a los niños de los que tuve hace unos años. Y eso es muy bonito.

-También ha sido usted funcionaria del Ayuntamiento de Cádiz, ¿cómo recuerda esa etapa?

-Es un recuerdo maravilloso. Estuve 31 años en el Ayuntamiento, y casi siempre trabajé muy a gusto, sobre todo los primeros años con Don Rogelio Hernández, que fueron maravillosos. Siempre se han portado muy bien conmigo y prácticamente hacía lo que quisiera allí, aunque esté mal decirlo aquí. Fíjate, hasta me dieron libre las mañanas de los sábados, que entonces se trabajaba, para que diera clase. Y me insistían en que las cobrara. Así empecé yo a dar clases, y lo hacía en el patio del Ayuntamiento. Aquella fue muy buena época.

-¿Algún recuerdo en especial?

-Mira, estando en el Ayuntamiento me hicieron presidenta del Club de Funcionarios. El club que recuerdo que nos dieron la sede en la antigua farmacia municipal y luego con Carlos Díaz nos hicieron la obra. Entonces hicimos fiestas de disfraces en el Falla. Traíamos a grandes artistas, y los coros se peleaban por ir porque nada más que contratábamos a uno. Aquello era extraordinario, no se cabía, y todo el mundo iba bien disfrazado. Ese era el único ingreso que teníamos en el club. En esa época recuerdo que todos los funcionarios del Ayuntamiento éramos amigos y nos tratábamos igual; lo mismo los de arriba que los de más abajo, daba igual.

-Pero en 31 años también habría sus malos momentos en San Juan de Dios.

-La peor etapa de todas es cuando había que fichar a las ocho de la mañana. Yo llevaba la secretaría del secretario y estaba acostumbrada a entrar temprano, pero sin hora concreta. Luego, claro está, me quedaba firmando y haciendo papeleo hasta las tres y pico o las cuatro de la tarde con el secretario. Pero cuando nos hicieron fichar a las ocho de la mañana lo pasé fatal. Lloraba todos los días, me levantaba ya llorando y me tomaba el café llorando. Para colmo me duchaba antes de irme a trabajar, porque yo no podía ducharme por la noche e irme a la calle al día siguiente. La imagen que guardo es todos los días corriendo por la calle Nueva y llegando tarde, y todos los meses me quitaban algo del sueldo como penalización. Eso fue lo peor.

-¿Cómo fue su adaptación a la vida de jubilado?

-Muy buena. Ten en cuenta que yo me fui de forma voluntaria. Me fui a los sesenta años aburrida ya. Empezó a entrar gente que no sabía ni poner acentos y que ganaban más que yo. Y eso pudo conmigo, así que decidí quitarme del medio y dedicarme a lo que verdaderamente me gustaba: el baile.

-¿Y piensa en retirarse o aún hay Paca Briceño para rato?

-Yo quiero retirarme. Llevo dos o tres años pensándolo. Lo que pasa es que le dejé la academia el año pasado a Oliva Cordero, que baila genial, pero al final de curso me dijo que no seguía. Ahora está Jesús Fuentes, pero no sé lo que pasará el año que viene; si él quiere seguir o no. Y también depende de cómo esté yo, porque mi gente me empuja para que siga. A mí dejar esto me da mucha pena. Esto es mi vida. No sé lo que haré.

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