Manuel Grosso y las Puertas de Tierra
Historias de Cádiz
Comerciante, periodista, poeta, autor teatral y de Carnaval tomó parte activa en la vida de la ciudad de Cádiz a finales del siglo XIX l Anécdota con el coronel García Margallo
Uno de los gaditanos que dieron a Cádiz fama de ciudad culta, alegre e ingeniosa fue indudablemente Manuel Grosso Romero. Comerciante, periodista, autor teatral y poeta, tomó parte destacada en la vida de nuestra población a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Como señala Serafín Pro en su Diccionario Biográfica de Gaditanos Insignes, la vida de Manuel Grosso transcurrió con una tónica de general simpatía y fino humorismo.
Nació el 29 de abril de 1859 y tras realizar los estudios oportunos se dedicó al comercio y trabajó, durante algunos años, en la Junta de Obras del Puerto. Luchó incansablemente para la concesión a Cádiz de los Depósitos Francos, antecedente de la actual Zona Franca. Grosso emprendió para ello una campaña en la prensa local y nacional y su labor fue reconocida unánimemente por la Cámara de Comercio de nuestra ciudad. Fue también durante algunos años consejero en Cádiz del Banco de España. Pese a esta intensa labor, también tuvo tiempo para componer tangos de Carnaval y participar activamente en la organización de nuestros festejos más populares.
El periodismo fue ejercido por Grosso principalmente en el periódico La Dinastía, que dirigía su amigo el diputado Rafael de la Viesca. También colaboró en infinidad de ocasiones con Diario de Cádiz y en otros medios de ámbito local.
Nuestro compañero Francisco Orgambides fue el pionero en rescatar la figura de este singular gaditano, resaltando en estas mismas páginas su labor periodística y taurina. Grosso popularizó el apodo de Cosquillas firmando crónicas festivas en revistas como Fray Camándulas, Juan Palomo o El Sorbete, revista cómica que fue fundada y dirigida por el mismo.
Para el teatro escribió varias obras, alcanzando algunas de ellas importante éxito. El 7 de mayo de 1895 estrenó en el teatro Principal de Cádiz la obra ‘Los acróbatas’, escrita en colaboración con Clemente García de Castro y con música de Salvador Viniegra. El éxito fue absoluto con todas las localidades del teatro ocupadas. Los autores salieron a recoger las ovaciones del público y posteriormente se celebraron sesiones a beneficio de los pobres de los barrios gaditanos de la Viña y Santa María. Esta misma obra fue estrenada en Madrid en noviembre de 1896.
Otro éxito teatral de Grosso fue ‘El embajador’, que, según el autor, se trataba de “un bromazo lírico bufo en un acto y tres cuadros”.
La faceta carnavalesca de Manuel Grosso fue descubierta por Javier Osuna en unos de “Los fardos de Pericón”. En 1899 escribió las letras del coro ‘Marineros de capricho’, agrupación dirigida por el popular José Suárez. Algunas de las letras hacían alusión al invento del submarino, cuyas primeras pruebas en la bahía de Cádiz había realizado Peral. Uno de los párrafos de uno de los pasodobles, rescatado por Osuna, decía:
Desde que el submarino
el gran Peral inventó
en el fondo de los mares
hay una gran revolución.
Protestan los pejerreyes
se alborotan las sardinas
se asustan los salmonetes
y se espantan las corvinas.
En 1893 Diario de Cádiz cumplió 25 años desde su fundación. Con tal motivo, Federico Joly solicitó de los principales políticos y escritores de Cádiz que relataran algún suceso por ellos vividos en el ajetreado Cádiz del siglo XIX. Grosso, a pesar de su amistad con Joly, quiso excusarse ya que por su edad no había conocido realmente ni el ‘año de los tiros’ ni los sucesos del Cantón de Cádiz.
Pero en las mismas fechas, 1893, tuvo lugar la primera guerra del Rif donde murió el general García Margallo y Grosso escribió a Federico Joly para recordar una simpática anécdota ocurrida cuando tenía apenas 18 años y Margallo era coronel del Regimiento ‘Canarias’con base en el cuartel de San Roque de las Puertas de Tierra.
En esos años Grosso y sus amigos acudían a lo que se llamaba ‘reuniones de confianza’, lugares donde se reunía la gente joven y se ‘bailaba con corrección y finura’. Allí entabló amistad con una chica que vivía en el cuartel de San Roque, a cuyos padres pidió permiso para ‘pelar la pava’. Grosso acudía al cuartel y, tras decir al centinela que era familia de los que allí vivían, hablaba con su amiga a través de una reja, mientras la madre de la joven permanecía atenta a prudente distancia.
Ocurrió que una tarde salió de una vivienda próxima una señora con una escupidera para arrojar su contenido, ya que las casas no disponían de cañerías propias. La señora tropezó y cayó al suelo con la escupidera, provocando las risas de Grosso y su amiga. Al poco rato aparecieron un sargento y tres soldados, con armamento, que detuvieron a a Grosso y lo llevaron a presencia del coronel Margallo.
El coronel, sin dejar explicarse al joven gaditano, le dijo:
-Lleva usted unos días entrando sin permiso en el cuartel y, además, se toma a burla a los que aquí viven, entre ellos a mi familia. Ya que tanto le gusta este cuartel va a pasar la noche dentro de él, ....pero arrestado. Al calabozo y mañana hablaremos.
El joven Grosso pudo finalmente hacerse oír y con su gracia e ingenio natural convenció a Margallo para que lo dejara marchar, no sin antes prometerle que no volvería a entraren el cuartel .... ni a pasar por los alrededores.
Al día siguiente escribió a su amiga: “Apreciable...: tu coronel ha estado a punto de meterme en un calabozo. Le he prometido que no volveré a pisar el cuartel en lo que queda de siglo. Te lo digo para que no te canses de esperarme. Manolo”
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