Cádiz

Creta Grecia

Creta es la esencia. La mayoría de los cruceristas españoles conocen Creta porque el barco para en Heraklion y todos van a visitar el palacio de Cnosos. Ni por esas la mayor de las más de dos mil islas griegas alcanza la popularidad de la luminosa Mikonos o la volcánica Santorini, ni siquiera la de la medieval y espléndida Rodas. Pero Creta es la esencia de todo eso y tal vez el origen. En su amplio territorio de 200 kilómetros de largo por 35 o 40 de ancho se acumula la Historia. En una escondida cueva, a la que se puede llegar en excursión a pie, como el que se adentra en el pasado de la Humanidad, nació Zeus, el dios supremo de la Mitología griega. En sus altas y épicas montañas que se precipitan desde el interior hasta la costa y parecen hechas para las guerras de los hombres contra los dioses, se refugia una vida aún antigua.

Lo normal es arribar a esta gran isla por la capital, Heraklion, una ciudad grande y un poco destartalada pero con un centro aún con encanto, muchas calles comerciales y numerosas terrazas, perfectamente dispuestas y arregladas, de tavernas, restaurantes y cafés. En ellas pasan los capitalinos la mayoría de sus horas libres. Apenas a cuatro kilómetros, accesibles en autobús, están las ruinas del palacio minoico de Cnosos, al que muchos atribuyen ser el auténtico laberinto de Creta, donde habitaba el Minotauro. Está tan reconstruidos por la imaginación del arqueólogo que es difícil que transmita la emoción que desprenden otros vestigios griegos. Demasiado colorín. Es preferible ir al Museo de Heraklion, donde están los auténticos restos de pinturas, sarcófagos y cerámicas.

Se puede llegar en un día en avión a Heraklion, pero quizá sea preferible entrar enel mundo cretense más al Oeste, por Chania, la antigua La Canea, la antigua capital, la mítica Kydonia, una ciudad única con un puerto del periodo de la dominación veneciana casi intacto, lleno de cafés y restaurantes; con un centro histórico dividido en los antiguos barrios veneciano y turco, llenos de calles estrechas y casas pintadas en estucos coloreados del amarillo al siena y a la que, para colmo, no le falta ni una buena playa un poco al oeste. Los palacios rehabilitados o en ruinasconviven con las iglesias y las antiguas mezquitas. La vida transcurre plácida a pesar del bullicio turístico, y las posibilidades de alojarse y comer bien, para todos los bolsillos, se cuentan por decenas.

No muy lejos, otra joyita: Rethymnon, casi una repetición de La Canea en pequeñito. Ambas ciudades son imprescindibles en una visita a Creta, y como una etapa intermedia para descubrir, en el confín occidental, las espectaculares playas de Elafonissi y Gramvousa, con un agua que parece no existir por su increíble transparencia y una arena blanca nunca demasiado profunda. Un paisaje impactante cuando no sopla el viento, y con él. Para llegar al poco explotado sur de la isla, a lugares como Agia Gallini o Paleochora hay que atravesar altas montañas con tortuosas carreteras, un camino tan difícil que a algunas poblaciones sólo se puede llegar en barco o por senderos y gargantas. Es el caso de Loutro, blanco, mínimo y solitario.

La otra alternativa (si eliminamos el saturado norte de Hersónisos, tomado por los ingleses) es el Este, desde el turístico Agios Nikolaos y su espléndido golfo de Mirabello, y el recóndito Mohlos, hasta la espectacular playa de palmeras de Vai, en la punta. Pero si quieren perderse, elijan Kato Zakros, sólo una minúscula hilera de tabernas y habitaciones frente al mar. Un poco más turístico, frente a Libia, Makry Gialos y a poca distancia, en la montaña, visiten Pefki. Allí tienen su casa.

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