Avanzando a contracorriente
Transporte El uso de la bicicleta en Cádiz
Hacer un recorrido en bicicleta por la mayoría de zonas de la capital gaditana supone para el ciclista múltiples conflictos con vehículos y peatones, además de un riesgo personal
Cada día toca tomar la misma decisión, elegir si eres vehículo o peatón. Las normativas no lo dejan muy claro, para los peatones eres como un coche y para los coches, un peatón. Por lo que, al final, suele ser lo más coherente decidir sobre la marcha en vista del tráfico rodado y humano de ese momento.
Segunda Aguada-Avenida del Puerto, por ejemplo. El trayecto, en tiempo, diez minutos escasos. Sin embargo, si se mide en los inconvenientes que surgen sobre dos ruedas -sin motor- el adjetivo escaso deja de ser aplicable.
Una vez tomada la avenida Juan Carlos I, por lo menos, se siente una cierta tranquilidad, a veces más teórica que práctica, eso sí. Nadie suele increparte, algo muy habitual cuando no te arropan esas dos rayas rojas que marcan tu territorio. Además, el cuerpo agradece la silueta suave y continua de una avenida con las aceras accesibles. No obstante, cuando una marquesina de autobús estrecha la acera, el carril conduce a un muro que hay que esquivar en un ancho de menos de medio metro, o una persona sale a paso rápido de un portal sin mirar, la cosa se complica.
Además, no dura mucho la calma. En la glorieta de San Severiano acaba la legitimidad ante los ojos de los demás, comienza el caos dónde hay que tomar, por segunda vez en cuestión de cuatro minutos, la decisión sobre tu condición. Las líneas rojas desaparecen, la acera ya no está rebajada. Escalón, golpe al cuerpo y otra vez: ¿vehículo o peatón?
Algunos coches no respetan la distancia de seguridad, otros pitan, otros no se atreven a rebasarte y, en consecuencia, se forman colas. Pero, por otro lado, por la acera hay que parar muy a menudo porque los peatones ocupan todo el ancho, y no todos aceptan de buena gana el agudo ruego del timbre. Algunos, tuercen el gesto. Otros, directamente, gritan que una bici no puede ir por la acera.
Por rapidez, por no incordiar ni ser incordiado demasiado, uno suele decantarse por el asfalto. Y, cruzando los dedos, enfilas la avenida de Astilleros, sintiendo el aliento de los camiones en la espalda e intentando poner todos los sentidos en no hacer un mal movimiento. Ése que provocaría un resbalón al superponer la rueda con la grieta casi continua que hay sobre el pavimento. Inevitablemente, atormenta la certidumbre de saber que al que viene detrás no le daría tiempo a frenar. Cuando la imagen que crea ese pensamiento se hace con el primer plano de la imaginación, la vista se dirige hacia la acera de la carretera industrial, ávida de encontrar un refugio, una seguridad.
Pero tampoco ésa se asienta como una buena idea. En un espacio tan estrecho, no hay sitio para todos. Y esta guerra casi siempre la pierde el ciclista, a manos de una mirada de soslayo -con cierto aire forzado de condescendencia- o de un mascullado "tú no puedes ir por aquí".
Cuando al fin desembocas en la entrada del muelle, también debes tener claro el movimiento exacto para no resbalar con esas filas de hierros desempleados, que algún día trabajaron para el tranvía.
Al llegar a la Avenida del Puerto, buscar un amarradero es perder el tiempo. Haría falta irse hasta la plaza de Diputación para encontrar un aparcamiento de bicicletas, incrustado en un parking de motos que, si llegan antes y se sitúan en determinada posición, lo convierten en una espiral inservible. Al final, la opción más recurrente que se plantea es atar la bicicleta en una señal de tráfico, de esas que prohíben aparcar. Aparcar coches, menos mal.
Desde allí, el día que se necesita ir al centro, se destierra casi directamente la idea de utilizar la bicicleta. Rodear, mala idea. Las costuras de intramuros no están bordadas para el ciclista. Un acerado extremadamente estrecho y un adoquinado incómodo que causa, incluso, malestar físico, no se presentan como las condiciones idóneas para ir sobre dos ruedas. El más difícil todavía es optar por cruzar las entrañas del centro. Calles estrechas y peatonales, muy transitadas, muy levantadas por obras. Mejor no.
Mejor deja uno la bicicleta en la señal de prohibido aparcar hasta que llegue el momento de hacer el camino de vuelta. Ese instante en el que vuelve a tomar forma la eterna duda. ¿Por dónde voy?
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