Luis Bononato. MÉDICO. presidente de la asociación nacional de Proyecto Hombre “Ahora atendemos sobre todo a jóvenes de 12 a 21 años”

  • El grave problema de la droga ha desaparecido de entre las preocupaciones de los españoles, pero no se ha acabado, sino que ha cambiado de cara. Esa es la lucha ahora

Luis Bononato. Luis Bononato.

Luis Bononato. / Lourdes de Vicente

Fue fundamental su formación cristiana, tanto como su experiencia como médico. El caso es que Luis Bononato se licenció y con el ejercicio de su profesión comenzó a la vez su dedicación a las personas con adicciones y drogodependencia. Más de 30 años después, sigue en esa tarea, ahora como director de Proyecto Hombre en la provincia de Cádiz, presidente de la Asociación Nacional Proyecto Hombre y miembro del Consejo Estatal de Drogodependencia y otras adicciones.

—Habrá vivido usted todo el problema de las drogas, desde los tiempos oscuros.

—Bueno, si hablamos de 1990, que fue cuando comenzó Proyecto Hombre en la provincia de cádiz, hablaríamos de heroinómanos, más bien politoxicómanos. Entonces era la epidemia de la heroína, el sida, delincuencia, cárcel, muerte también desgraciadamente. Era un centro de rehabilitación de toxicómanos. Actualmente es un centro para tratamiento y prevención de las adicciones, donde el perfil ha cambiado radicalmente. Se sigue atendiendo a ese perfil ‘desestructurado’, pero son sólo alrededor de un 4%. Pero los dos grandes bloques de tratamiento que se atienden ahora mismo son por un lado menores y adolescentes, de 12 a 21 años, por problemas de alcohol o por uso problemático de las nuevas tecnologías, videojuego, internet, teléfono móvil, apuestas on line... Y por otro lado, otro gran grupo con consumo de cocaína, alcohol, ludopatías, pero que son personas adultas y totalmente insertadas en la sociedad, que mantienen la familia, los amigos, el trabajo...

—¿No existe ya ese componente de marginalidad?

—En ese grupo mayoritario, no. A los afectados les dedicamos lo que llamamos programa de apoyo, que es precisamente el que hemos puesto en marcha hace tres meses en Cádiz para dar respuesta a un aumento de la demanda de esa problemática en la Bahía.

—¿Se podría decir que el gravísimo problema de la droga de hace 20-30 años ya no existe?

—Depende. Actualmente atendemos a más personas que en los 90. Sin embargo la preocupación que sentía la población general, atendiendo a las encuestas del CIS, en esos años se situaba en el segundo o tercer lugar en la preocupación de la población. Ahora, tienes que preguntar concretamente sobre el problema de la droga, si no ni aparece en la estadística. Es decir, que no se visibiliza el problema. Lo tienes en personas totalmente normalizadas, que siguen estudiando, que siguen trabajando, y parece que el problema de la droga no existe, pero sí.

—¿Son menos problemáticas y eso hace más fácil ayudarles?

—Son menos problemáticas en el ámbito social, pero siguen siéndolo prácticamente igual, y con el mismo nivel de sufrimiento para la familia que hace 30 años. A nivel de conciencia de problema es más difícil porque son menores y adolescentes que consumen cannabis, alcohol o hacen un uso problemático de las nuevas tecnologías, y no lo identifican como problema. La cocaína, exactamente igual, porque está muy normalizado el consumo. No hay situaciones de alarma excepto cuando hay conflicto...

—¿Tampoco existe ya el ‘tirao’, el desahuciado...?

—No, es que ese además es que ya no se ve. Antes la gente percibía que había problema porque lo veía, te molestaban, daban miedo a la puerta de los colegios las jeringuillas. Actualmente, no se da. Pero a nivel de motivación hay que trabajarla mucho más, porque es menos evidente el deterioro.

—¿Esta falta de conciencia se traduce en menos apoyo al trabajo de ustedes?

—Bueno... el reconocimiento sigue existiendo, porque además seguimos atendiendo a personas de todas las capas sociales y después de tantos años mucha gente conoce a personas que han tenido relación con PH y se reconoce el trabajo que se hace. Lo que sí ha variado es la sensibilidad que existía antes, o la conciencia, cuando hasta había manifestaciones y concentraciones por las situaciones en determinados barrios. Es más fácil obtener ayuda para determinada asociación de enfermedad de niño o niña, que a una persona que es drogadicta y que no se nota. Y eso que nosotros, ya te digo, el gran volumen de personas que atendemos está entre los 12 y los 21 años. Vas a centros de Proyecto Joven y parece un centro educativo.

—A edades tan tempranas y con adicciones ‘nuevas’ ¿el problema es más difícil de afrontar?

—Por un lado cuanto antes se detecte la situación por los padres, antes se puede abordar y el resultado es mucho mejor. La parte negativa es que cuanto antes se inicie el consumo y se cronifique, la expectativa de eficacia en el tratamiento son menores.

—Con su experiencia, ya podrá afirmar que los seres humanos siempre van a tener adicciones.

—Sí. Por varias razones, y una de ellas es porque hay intereses económicos, y por tanto una presión a la sociedad para que haga un determinado uso de una sustancia. Luego viene el factor de la persona, que en un momento dado no es capaz de hacer un uso adecuado o responsable de la sustancia. Y el mismo factor de la sustancia: como el caso del alcohol, que sabemos que cuanto más beba una persona más, más necesitará beber para conseguir el mismo afecto. Y siempre va a existir esa adicción...

—¿Cuál es ahora la sustancia más presente en las adicciones?

—El mayor problema que existe ahora mismo de salud pública en España es el alcohol. Lo que ocurre es que culturalmente somos capaces de decir que el vino, o la cerveza o el vermut es un alimento, y no se identifica como droga. Se habla del ‘alcohol y drogas’ en lugar de ‘alcohol y otras drogas’. Y eso aumenta la normalización y la sensación de ausencia de riesgos, lo que lleva a que el consumo aumente. Si toda la presión que ha existido sobre el tabaco en cuanto a riesgos y consecuencias para la salud y coste sanitario se hiciera con el alcohol, habría otro tipo de relación.

—Eso decirlo viviendo en Jerez, donde el alcohol es fuente de riqueza económica, es arriesgado.

—Bueno, en general en el país vemos como cada vez hay más producción y más venta y más negocio en torno al alcohol, y más consumo, que es lo que nos preocupa. Estamos esperando que salga la ley del menor y alcohol, porque es una situación que nos preocupa muchísimo, como el tema del botellón. Sabemos las repercusiones, casos de niñas y niños con comas etílicos, incluso muertes. Especialmente nos preocupa este asunto.

—Las adicciones son muchas y variadas, luego supongo que la forma de combatirlas no puede ser la misma.

—Hay connotaciones según la sustancia o la adicción, pero nosotros centramos el tratamiento en la persona. Siempre decimos que la adicción es un síntoma de algo que le está ocurriendo a la persona, y hay que ir, usando un símil médicos, a la infección y no al síntoma. Si yo quito el consumo de la droga no está rehabilitada la persona, he quitado el síntoma, pero el problema está en la persona. Lo importante son los motivos por los cuales ha probado una sustancia, ha iniciado el consumo y lo ha mantenido cronificado. Pero hay diferencias. En los casos del uso problemático del móvil, al chico que viene le enseñamos un uso responsable del teléfono, porque entendemos que es un instrumento, al igual que internet, que ya forma parte de nuestra vida a nivel social, académico, laboral. Con la cocaína o el cannabis, entendemos que la persona, al terminar el tratamiento, ha tenido que tomar la decisión de dejar el consumo y de utilizar otros recursos personales, familiares y de amistad para enfrentarse a las situaciones a los que nos enfrentamos en el día a día.

—Es la propia persona la que tiene que encontrar su forma de curarse...

—Efectivamente. Antes, ante una situación de conflicto lo tapaba o usaba la droga para dar salida, ahora lo que tiene que hacer es usar los recursos propios que tenemos todos y los de alrededor.

—¿Dónde reside esa fuerza interior para salir de ello?

—Hablamos de factores de riesgo y de protección, de fortalezas y debilidades. Decimos que nos van a acompañar durante la vida esas fortalezas y esas debilidades, y que hay aceptarlas como propias, fomentar las fortalezas y no las debilidades. Si tengo una baja autoestima, empezar a quererme, aceptarme como soy, poner medidas para obtener esas habilidades sociales, y desde ahí entender que perfectamente me puedo relacionar como todas las personas.

—¿Existe el adicto de nacimiento, el llamado ‘vicioso’?

—Nosotros trabajamos en lo que llamamos el modelo biopsicosocial, en el que tanto en el origen de la adicción como en el tratamiento intervienen esos factores biológicos y sociales. ¿Hay factores genéticos que influyen? Sí. ¿Hay factores genéticos que determinan que una persona esté determinada a ser adicta? No. Pensamos que es el cúmulo de distintos factores. Por ejemplo, una persona que por el consumo de cannabis tiene un brote psicótico que no tendría sin ese consumo. Por eso decimos que es muy peligroso el consumo, y simplemente probarlo, porque puede estar silente esa psicopatología, y ante el consumo del cannabis aparecer. Lo que sí pensamos, desde esta filosofía humanista, que toda persona tiene la capacidad de salir de una situación de sufrimiento mientras que quiera hacerlo. Salvo en una situación de trastorno mental que impide a coger las riendas de la vida propia.

—¿Existiría el incurable?

—Desde nuestra experiencia, podemos decir que incluso hemos tenido personas con trastornos mentales que han tomado la medicación, aceptado su enfermedad y desde ahí, están rehabilitados. ¿Que hay personas que no se han curado? cierto. Pero no partimos de la realidad de que haya personas que nunca se vayan a curar. Toda persona tiene esa capacidad. Siendo cierto que algunas terminan con una situación cronificada o con un fallecimiento.

—¿Cómo se mete usted en esto?

—Por mi formación como médico, pero también mi familia ha sido fundamental, por sus valores. Y en el ámbito humano soy miembro de una comunidad cristiana de base en Jerez. El tema del voluntariado lo llevo en la base. Me siento a gusto llevando a cabo esta actividad en una entidad sin ánimo de lucro. Es admisible el egoísmo de sentirse bien con lo que estás haciendo. Más egoísmo ya lo complica.

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