El toro de Osborne

En medio del campo, espera un caballo de Troya y unos molinos cervantinos que sólo le citan en sus sueños

Ha cumplido una edad respetable: 60 años; pero el toro está hecho un añojo si lo comparamos con los 245 años que tienen las bodegas Osborne, una de las diez empresas más antiguas del mundo. Siendo un diseño publicitario de gran magnetismo estético, nos permite arrancarnos con una primera reflexión a portagayola. Nada fomenta la innovación como la tradición. Contra el pensamiento binario, son conceptos complementarios que se refuerzan entre sí. Lo nuevo sostiene a lo viejo que lo arropa.

El toro de Osborne tuvo, pues, una madre en las bodegas clásicas y un padre de vanguardia. El portuense Manolo Prieto (1912), creador del toro, era un artista que se metió a diseñador y que, en vez de rebajarse él, levantó el diseño a la categoría de icono. Con el tiempo, el toro ha ido creciendo no sólo en significación, sino en tamaño: los primeros medían 4 metros, y ahora miden 12 metros, y el de la feria del Puerto, 22. Sobre este último, escribí que, para la suerte de picas, sólo estaría a su altura el caballo de Troya. Y para las banderillas, los gigantes de los molinos de don Quijote. También ha crecido en número, y en España hay 94, 60 en México, y uno en Copenhage. Son una ganadería.

Han tenido que recortar varios inconvenientes. Al principio eran de madera, y se estropeaban. Se hicieron de metal, lo que habría merecido la aprobación de Miguel Hernández, totémico y recio. Por ley, hubo que alejarlos del borde de la carretera y, como suele suceder con quien se sobrepone a las dificultades, crecieron. Literalmente: para que se les viese mejor. Luego, una ley de circulación se empeñó en darles la puntilla, pero el clamor popular obligó a la autoridad a indultarlos. De nuevo salieron ganando, porque se les quitó el rótulo, y su silueta quedó más brava y astifina, campando sobre el horizonte.

Noble hasta la hora de la verdad, nos regala un último motivo para la reflexión. Los antitaurinos la han tomado con él. Quizá porque ha devenido naturalmente en símbolo de España, piel de toro; pero demostrando, sobre todo, que quien quiere acabar con las corridas terminará, suponemos que inconscientemente, con el toro bravo. Él ahí está, en medio del campo, tranquilo y orgulloso, esperando un caballo de Troya y unos molinos cervantinos que apenas le citan en sueños. Los antitaurinos deberían escogerlo como símbolo máximo de su defensa. Pero no; y es una contradicción muy aleccionadora.

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