Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

El duende Ingvar Kamprad

La gestión fiscal hace que usted tenga una monada de salón de Ikea por un precio asumible

Mientras sacamos un libro de una estantería, componemos la bandeja para cenar delante de la televisión, nos secamos la espalda o echamos una siesta, usted y yo estamos rodeados por Ingvar Kamprad, un hombre que murió antes de ayer a los 91 años. No se trata de su fantasma, en plan película de su paisano Bergman, sino de su legado en forma de menaje y mobiliario democrático para el hogar. En 1943, el sueco Kamprad fundó Ikea, y de pronto nos convirtió a todos en decoradores con cierto gusto, capaces de combinar diseño, funcionalidad y, muy importante, precio al alcance de la clase media y trabajadora: igual que marcas de ropa asequible y fashion como Zara o Cortefiel propiciaron que hasta el más desorientado en estética fuera maqueado y hasta con clase, Ikea ha hecho que las casas de familia -y no digamos las de los separados y otros singles- puedan tener su toquecito de distinción y diseño nórdico en la onda Hygge, ese concepto etéreo, también escandinavo, del dios de las pequeñas cosas y la armonía con el entorno doméstico, calcetines de lana y taza de té incluidos. El modelo de negocio de Ikea ha sido tan arrollador que ha conseguido que los clientes hagamos de personal de tienda, transportistas, montadores y hasta voceros publicitarios con sumo gusto. Sus tiendas están abarrotadas de parejas (uno más motivado que otro) . Emplea a 150.000 personas.

A su muerte, hemos recordado rasgos de Kamprad: su pasión por la organización, su fe y éxito en la eficiencia en costes y compras mediante la subcontratación en países con bajos costes de mano. También su pasado de muchacho afecto al nazismo -no son pocos los de su generación que en el norte de Europa comparten ese lamparón-, y su condición de agarrado cual vieja al látigo en una feria (o viejo, claro, cuidado). El gran Kamprad presumía de su tacañería. Otros atributos de Ikea suelen pasar más desapercibidos. Que su sede esté en Holanda y no en Suecia, y que Holanda es un paraíso para las fundaciones, condición societaria menos transparente que la de una sociedad mercantil. Sus dueñas son fundaciones a su vez poseídas por otras dos fundaciones: radicadas en las Antillas y en Liechtenstein. La eficiencia organizativa que hace que usted tenga un coqueto salón por un precio asumible tiene que ver con la gestión fiscal. Un economista ortodoxo recordaría a Adam Smith: es el egoísmo del carnicero el que permite que usted tenga un filete en el plato en la cena. Otros recordarán que los paraísos fiscales son titanes imbatibles.

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