Las dos orillas

José Joaquín León

La deuda como traición

CON la deuda histórica hemos topado. Las historias de la deuda histórica se pueden prolongar a través de la historia, al menos durante un tiempo, porque el PP está convencido de que ha encontrado un filón y Javier Arenas y Antonio Sanz ya han advertido que presentarán recursos en los tribunales. Esto no será como el Estatut en el Tribunal Constitucional, pero dará que hablar.

El Gobierno de Zapatero se ha comportado a la altura de sus circunstancias en el pago de la deuda. El Gobierno está tieso, gastando más de lo que ingresa, con un déficit público que sube como la espuma. El Gobierno se ha comportado como lo que es: una empresa que está a pique de un repique. ¿Qué hacer? Unos, como Díaz Ferrán, el todavía presidente de la CEOE, suspende los vuelos de Navidad y deja en tierra a las criaturitas. Otro, como Zapatero, paga las trampas a su modo, con solares que tenía por ahí y no sabía qué hacer con ellos. Cuando uno está tieso, paga como puede, incluso no paga.

Luego está Griñán, que es quien recibe los solares que no le sirven para nada. No es como en el tocomocho, porque en ese timo te dan estampitas en vez de dinero, y aquí lo que te dan posee un valor. Pero un poco de gato por liebre sí que parece. Quizá Griñán habrá pensado que más vale un gato en mano que cientos de liebres volando; y ahí tiene lo que le han dado para que haga lo que quiera, si es que puede hacer algo. Lo curioso de este caso, como dijo Luis Carlos Rejón, es que quien tenía la deuda ha decidido cómo la pagaba, bajo el sistema de sí o sí, y tú te callas.

El PP le ha dado las vueltas a este asunto para hacer suposiciones. Ponen el siguiente ejemplo: imagínense ustedes que es Aznar quien le paga a la Junta sin dinero, sino con especies, ¿se lo tragaría Griñán? Entonces se les ocurre decir que esto es una traición a Andalucía, que es lo que hubiera dicho el PSOE si José María Aznar hubiera tenido esta ocurrencia.

A lo largo de la historia democrática, con o sin deuda, acusar a alguien de traidor a Andalucía ha sido mortal de necesidad. Así acabaron con UCD cuando el referéndum del 28-F, así mandaron al desierto al Partido Andalucista cuando el pacto de Rojas-Marcos con Martín Villa, así se hubiera ido al garete el PP si no apoya la reforma del Estatuto. Por tanto, Arenas habrá deducido que así podría terminar Griñán, y con él más de 30 años de gobiernos andaluces socialistas, si consigue que cale la idea de la traición.

No es tan sencillo. Primero porque no se sabe hasta qué punto están preocupados los andaluces por la deuda histórica. Y segundo, porque hay traiciones que valen contra los otros, pero no contra el PSOE, que sabe jugar sus cartas y fue quien inventó ese juego.

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