Las dos orillas

José Joaquín León

Nuestra Torre de Babel

LO mejor del bilingüismo es que tienes dos lenguas (para hablar). Pero en España usar más de una lengua se considera una rareza. Y si presentamos a alguien, y decimos que es políglota, lo verán como un familiar del demonio. Por eso, el idioma ha sido, y es, un gran problema. Orgullosos como estamos de tener la segunda lengua más hablada del mundo, durante muchísimos años -entre ellos todos los del franquismo- se consideró que aprender otro idioma era completamente innecesario para una persona de orden, y que sólo serviría a los rojos para el exilio. ¿Para qué aprender lenguas extrañas, si ésta tan hermosa que Dios nos ha dado la conoce España y media Humanidad? Que aprendan ellos.

Cuando el IPC y el Euríbor estaban por debajo del 5%, cuando ZP aún no había ganado por segunda vez, el españolito aferrado a lo suyo ahorró algún dinerillo para el turismo. Entonces conoció mundo y no entendió demasiado. Yo confieso que he visto a una señora indignada en una tienda de Montmartre, en París, porque no le hablaban en español, ¡a ella!, que no entendía ni una palabra en francés. Se lo dijimos de forma respetuosa:

--Señora, que está usted en París, no en Barcelona...

Es lo que pasa por no haber conseguido todavía que nuestro idioma sea el universal, como nos creíamos.

Y, a la inversa, en un restaurante de la costa de Almería le preguntamos de dónde era a una camarera muy rubia, con aspecto de no ser española, que hablaba castellano a la perfección. Ella lo aclaró:

-Soy de Praga, de un barrio que se llama la Malà Strana.

Y hablaba mejor que si fuera de Triana, o de Chiclana, o de Churriana.

El catetismo se ha traspasado a las autonomías. Tanto complejo tenemos con el idioma que las regiones con lengua propia han sido consideradas como nacionalidades históricas. Ahora se elaboran manifiestos de la Lengua y nos quejamos, pero antes los catalanes, vascos y gallegos, que tenían dos lenguas (la suya autóctona y la de todos), fueron considerados superiores a efectos administrativos. El 28-F fue así, entre otras cosas, una reivindicación contra la discriminación por causa de los idiomas. Quedó claro que ellos tendrán dos lenguas, pero los andaluces no nos chupamos el dedo. Y don Manuel Clavero y don Rafael Escuredo mandaron llamar al camarero, que sirvió café para todos.

Estamos en la segunda parte del problema. Pero hay solución: cuando todo el mundo sepa español, o castellano, o lo que sea, toda España y la Humanidad que aprenda catalán, como Montilla, y gallego, que es fácil; y el euskera, que es más difícil, que lo aprendan ellos con el profesor Ibarretxe. Será el fin de la Torre de Babel.

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