Tarentola mauritanica

Debajo de tanta admiración al autodidacta y al hombre hecho a sí mismo late un rechazo oscuro al aprendizaje

Oigo en una radio musical de una cafetería a un cantante pop a pleno pulmón. Cuando acaba, el locutor dice que cada día lo admira más. Atiendo a ver qué hace el muchacho, aparte de cantar. Lo admira porque ha dicho que nunca jamás ha tenido un profesor, que ha aprendido a cantar solo, sólo oyéndose y corrigiéndose. "Guau", exclama la locutora motivada que hace pendant con el primer forofo y remata: "es para admirarlo el doble". Yo me quedo colgado de mi taza.

En líneas generales, ante quien presume de ser "un hombre hecho a sí mismo" siempre me debato entre decirle: "Se nota" o lo del escritor Palomino, que gritaba: "¡Chapucero!" En general, me callo, concentrado en admitir que algún mérito, desde luego, tendrán, porque también hay bastantes hombres que se han deshecho a sí mismos, y eso es todavía peor.

Lo malo del autodidacta, si no fue imprescindible, son sus oportunidades perdidas. Me lo sé desde mi adolescencia, porque una noche de verano fui a recoger a mi amigo Jorge Fernández-Tagle y, mientras esperaba a que se diese los últimos retoques de peinado, me senté con su padre en el porche. Entonces don Tomás me dijo, señalando muy serio a las salamanquesas del techo, que conocía a un señor que sabía muchísimo de salamanquesas porque se había pasado la vida observándolas y que presumía de que no había leído nada en ningún libro ni atendido a ningún profesor. Una lástima, concluyó sorpresivamente, porque así no pasó nunca de saber bastantes obviedades de las lagartijas. Si hubiese aprovechado la lección de los manuales y la sabiduría de los científicos, quizá habría terminado siendo una autoridad mundial en la Tarentola mauritanica.

No supe por qué aquello se me había quedado grabado (y he olvidado absolutamente todo lo que pasó esa noche) hasta que he escuchado a los locutores embelesados con el autodidactismo del cantante de cuyo nombre no logro acordarme. Es la misma admiración sin fuste al hombre hecho a sí mismo. Esconde una poderosa desconfianza muy irracional hacia los profesores y hacia la humildad de ser un discípulo.

No quiero caer en el extremo contrario y quitar mérito al que consigue algo por sí solo. Pero por haberlo conseguido, ojo, no por haberlo hecho solo. Lo importante es lo que se logra, no el más difícil todavía del "mira, sin manos" o "mira, sin maestros". Casi siempre se logra mucho más con maestros. Entonces, todo agradecimiento es poco.

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