Profesores

Un profesor se puede cargar a un niño o lo puede salvar

Continuamente saltan las alarmas de la decadencia de la enseñanza en España. Planes de estudio de los que se eliminan asignaturas fundamentales, padres que sobreprotegen, niños sin interés, profesores sin autoridad. Todo eso será verdad pero lo más importante en un colegio no es ni el director, ni las instalaciones, ni los libros ni su régimen disciplinario. Lo más importante de un colegio serán siempre los profesores porque son los únicos capaces de transmitir.

Un profesor no puede tener desgana, ni estar amargado, ni odiar a los niños, ni a un solo alumno por petardo que sea. Un profesor se puede cargar a un niño o lo puede salvar. Los profesores, los buenos profesores, tienen que tener carisma y dejar huella. No sé cómo se consigue eso que no se estudia en la universidad pero todos sabemos reconocerlo.

Y es que al conocimiento no siempre se llega estudiando, a veces se llega por imitación, que es el camino que emprende todo el que admira. De muy niña tuve una profesora a la que pude admirar. Una mujer sin marido y sin hijos que llevaba medias finas y tacón alto, fumaba incansablemente y sus versos olían a jabón de Gibraltar Spring Glory. Sus paseos por la clase dejaban una estela de humo, versos y olor a miel. Al llegar a la pizarra, a una simple frase le crecía por debajo un árbol desconcertante de sujeto, predicado y complementos verbales que eran como la raíz poderosa del lenguaje, su orden. Yo no aprendía, miraba.

Al llegar a casa no quería ni leer, ni hacer la tarea; quería parecerme a mi profesora de lengua y literatura. Me ponía colonia, me sentaba frente al espejo con las piernas cruzadas, cogía el lápiz como si fuese un cigarrillo y rememoraba con la voz impostada los versos de Espronceda o de Darío; incluso miraba a mi alumnado, que era yo misma al otro lado del espejo. Nunca quise ser profesora, quise llevar zapatos de tacón, fumar y recitar versos con voz adulta.

Los profesores se quejan de sus alumnos, los padres de los profesores y todos nos quejamos del sistema educativo pero, en cada colegio, en cada clase, hay cuando menos una veintena de niños esperando encontrar a alguien a quien admirar, de quien presumir, un profesor al que recordar cuando pasen los años y, de manera inesperada, escuchen los versos de Darío o Espronceda. Y, en ese momento, les vendrá a la memoria una estela de humo, versos y mie: la voz adulta y vibrante que se los descubrió para siempre.

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