Su propio afán

enrique / garcía / mÁiquez /

Macancoa

CARMEN Oteo, nuestra compañera de columna, tiene tanta personalidad que prefiere admirar a discutir. Por eso, si muestra su desacuerdo, hay que echarse a reflexionar, porque nunca lo hace ni a tontas ni a locas. Hablábamos de la melancolía, y yo me permití poner cara de moralista francés (que es algo muy distinto a un moralista de moraleja) y ensayé un aforismo ingenioso: "La melancolía no es sino un aburrimiento elegante". Bajando la voz, sintiéndolo, Carmen me advirtió: "Es más".

Ha bastado la luz lánguida del final de agosto, los últimos aletazos de un levante con plomo en las alas, las despedidas a los amigos, conocidos y saludados, las noticias del telediario, la sombra de la vuelta al trabajo, la política española calentando motores, o sea, ha bastado lo de siempre para que yo sienta la macancoa del fin del verano, esta melancolía estacional y cíclica. Y para que recuerde a Carmen Oteo, y le dé la razón, y me abochorne de mi intento de aforismo.

La melancolía no tiene tanto que ver con el aburrimiento (ay de mí) como con la percepción del final de las cosas. Madame de Sévigné, que lo tenía todo para ser una moralista francesa, no sólo el ingenio, también la nacionalidad, lo contó con contundencia: "Lo que me enoja es que no haciendo nada, pasan los días, y nuestra pobre vida se compone de esos días, y envejecemos, y morimos". Pero no hace falta ponerse tétrico, me apresuro a añadir antes de que Carmen, que tal vez me esté leyendo, suspire: "No es tanto… y aún es más".

La melancolía abre la sensibilidad a un sinfín de matices del sentimiento. La piedad estos días nos sale sola. Es "el llanto por las cosas", el "lacrimae rerum" del que la Eneida habla. Lo que resulta -bien visto a su cálida luz crepuscular- una ganancia, porque conlleva una compasión universal. Me ha impresionado tanto descubrir este dolorido sentir extendido que me lo he explicado por seguiriyas: "Lo bueno es lo bueno/ que vuelve la pena./ Cuando estoy melancólico no hay nada/ que no me conmueva".

Dar la razón a una amiga y unos versos y saberte un poco mejor son consuelos de sobra, pero mi hijo de cuatro se acerca a contarme que se ha cogido la mano con una silla plegable. Me muestra la herida. Y añade, por si me quedaba todavía alguna tentación melodramática, la nota que faltaba: la épica. Me pone, desde lo bajo de su estatura, el listón altísimo: "He sido como un padre y no he llorado".

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