De poco un todo

Enrique García-Máiquez

Importa

Hace poco José Manuel Benítez Ariza se repetía la pregunta de Zavalita en Conversación en la catedral: "¿En qué momento se jodió el Perú?". Él, a diferencia del personaje de Vargas Llosa, se la hacía con respecto al cine español. Yo, siguiendo tan ilustres precedentes, me pregunto, con menos osadía verbal, cuándo se jorobó el jerez. No el vino, que sigue espléndido, sino el negocio. Sería muy interesante e instructivo determinar el instante exacto. Sobre todo, si se quiere volver al momento dulce. Saber qué se hizo mal sirve para no repetirlo y enmendarlo, si es posible.

En Nochevieja, para no irnos lejos, cada vez se brinda menos con jerez para desearnos un buen año, siendo una de las mejores maneras de empezarlo. Y en el cine hace decenios que ha dejado de aparecer como un prestigioso actor secundario. En blanco y negro, ¿recuerdan?, siempre salía un caballero que ofrecía a otro una exquisita copa de jerez.

No se sabe cuál fue, exactamente, el momento en el que cambió la tendencia de beberlo en todas las ocasiones. Si sale el tema, nos ponemos la mar de sociólogos. Que han cambiado los ritmos de la vida y los hábitos de consumo y tal. O que nos han pegado el cambiazo, porque en la casa donde celebré la Nochebuena, en Madrid, el anfitrión trató de conseguir algunos vinos viejos de jerez infructuosamente.

El otro día, sin embargo, leyendo un libro que recomiendo, Diarios, de Iñaki Uriarte, asistí a una escena que podría ser aquel momento terrible, la catástrofe, el waterloo del jerez o la tragedia de la Invencible del Marco.

Cuenta Uriarte: "A Borges lo vi un día en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Sabía por un amigo que le iban a hacer una entrevista para la TV. Asistí a la entrevista sentado en un sillón, a unos tres metros de él. Sólo estábamos los del equipo de la TV, Borges y yo. No oí nada de lo que le preguntaron ni de lo que respondió. Estuve mirándole todo el rato, como rezándole. Recuerdo que pidió un jerez y le trajeron un vino blanco. Lo probó y se dio cuenta del error. "No importa", dijo, y lo bebió. En ese gesto creí ver una prueba más de su santidad". De la santidad de Borges, vale; pero de la idiotez del equipo de TV, también. El argentino, un grandísimo escritor que las generaciones de los hombres no olvidarán, pide nuestro vino más internacional, contribuyendo así a su prestigio y hasta a su leyenda, y va un tipo y le intenta colar otra cosa. ¿Se imagina alguien a un francés haciendo eso si le piden un cognac o un burdeos o un champagne? En aquel "no importa" de Borges veo el momento en el que lo más selecto del mundo se cansó de que nosotros no valorásemos lo nuestro, y se resignó a dejarlo pasar. Junto al monumento jerezano a Shakespeare, el entusiasta cantor del jerez, habría que poner otro, como aldabonazo en la conciencia, a Borges, el resignado amante de un vino que no hemos sabido poner en valor.

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