El teniente coronel de la Gendarmería Francesa Arnaud Beltrame se intercambió con la rehén del terrorista Redouane Lakdim. Sabía el riesgo, como su hermano de armas (almas) el cabo primero de la Guardia Civil, Diego Díaz, que se dejó la vida en una riada salvando a unos atrapados.

Beltrame recibió dos tiros y varias cuchilladas, por los que murió horas más tarde. Había salvado a la mujer y facilitado la eliminación del terrorista al dejar hábilmente su móvil abierto. En Francia se le rinden honores de héroe y se escriben perfiles de este militar intachable (condecorado con la cruz del valor en Irak, nº 1 de su promoción), converso al catolicismo y hombre bueno. Pero nada puede igualar el epitafio involuntario que ha cincelado su madre: "Arnaud es esto: defender a los demás".

Con esas siete palabras en el corazón, pienso en los otros. Primero, en el terrorista. Qué ciego tuvo que ser su odio para no quedar deslumbrado frente a tal gesto.

Pienso mucho en su novia. Iban a casarse por la Iglesia en pocos meses. Su historia parece una variación de El enamorado y la muerte, pero es la encarnación de la paradoja que explica C. S. Lewis en Los cuatro amores: el amor superior lo es si asume que tiene por encima otros amores: Dios, la patria, el deber… Pese la voluntariedad del sacrificio de Arnaud, y por él, su novia ha de saber que no podía quererla ni más ni mejor.

Pienso en la rehén liberada. Su vida ha sido comprada a un precio grande. Alberti dedica a García Lorca Elegía a un poeta que no tuvo su muerte, poema construido sobre la idea de que quizá Lorca, tan apolítico, tuvo la muerte que, según Alberti, beligerante comunista, le tocaba a él: "Tu muerte/ te olvidaba, dejando mano libre a la mía./ (…) dolor de verte/ como yo hubiera estado, si me correspondía!" O todavía más: "Mi muerte ha muerto quedándome la tuya". La respuesta de Alberti fue un compromiso, demasiado alto para cumplirse, pero hondo: "Haré por merecer más bella y larga vida, hasta que restituya/ a la tierra esa lumbre de cosecha cumplida".

La rehén liberada sentirá este deber de vivir más y hermosamente, aunque también tendríamos que sentirlo nosotros, porque Beltrame se hubiese intercambiado por cualquiera. Una lectura religiosa es fácil, casi obvia, y más en estas fechas y con su biografía, pero no quiero hacerla, porque la entrega de Arnaud Beltrame nos interpela a todos; y es bueno que así sea.

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