Balas de plata

Montiel de Arnáiz

El efecto Streisand

Curiosamente, a veces el efecto Streisand queda anulado por otro: la Ley de Murphy

Dice ser poeta, aedo neomoderno del Bronx de Mallorca, o de donde sea, y canta las verdades al barquero, las desnudeces al Borbón y azota hasta que sangre la coleta, con fruición. Se llama a sí mismo en tercera persona, cual Julio César de extrarradio, y encuentra belleza en el capital y lujuria en la difamación. Y, hablemos claro, aquí no es un rapero. Es un individuo que injuria, calumnia y difama ayudándose de una base musical, igual que Charles Manson asesinaría bajo el ritmo del Dream On de Aerosmith. Si ese señor que se hace llamar Valtónyc quiere ejercitar su derecho a la libertad de expresión mediante su música, que lo haga dentro del marco de la legalidad, y si acusa, que aporte pruebas y saque la exceptio veritatis de su entrepierna. Lo demás es demagogia barata.

Dice ser anticapitalista, profesora de la Universidad de Bakunin, o de donde sea, y presume de ideales y vende integridad con su lucha por lograr la independencia de lo que para ella era un país, como una Mandela antisistema, puño en alto y galgo corredor. Pero, hablemos claro, es una cobarde. La que pactó con la derecha catalana en aras de lograr un plebiscito al que luego negaron la existencia los mismos que lo defecaron, esa óptima oradora ciceronesca que era Anna Gabriel, intentó refugiarse en Venezuela y acabó entregando el curriculum vitae en la guardia suiza -Acriter et fideliter- por miedo a ser encarcelada preventivamente tras ser citada por el juez Llarena. Su compañera en las CUP, Mireia Boya, debe haberle afeado su profuguez. Ella se plantó ante el juez negándose a mentir o a huir. Lo demás es estrategia procesal.

Lo cierto es que tanto Valtónyc como Gabriel venden victimismo escondidos tras la inexistente vulneración de derechos fundamentales. Uno alude a la libertad de expresión y la otra al derecho a un juicio justo, y vemos a quienes les ríen las gracias sin tener la mínima idea de lo que significa un derecho, sea fundamental o no. ¿Saben a quién sí le vulneran sus derechos? A Santiago Sierra, artista dominador del noble arte de la provocación monetaria. Ayer despertamos con la noticia de que se ha retirado de una pared de la exposición de Arco que se ha inaugurado en IFEMA un retrato de Oriol Junqueras en el que se le identifica como preso político. Sierra ha sido tan listo como Marta Sánchez con la planificada interpretación de su ¿himno? de España: nada más conocerse esta obra se instó la censura de la misma, y ¡voilà! fue vendida por ochenta mil euros. Ítem más: ¿Cuántos ayuntamientos del PP contratarán a la cantante para las ferias veraniegas? Se lo resumo: Juego, set y partido.

¿Y qué decir de la orden de secuestro cautelar de la nueva edición del libro "Fariña", del periodista Nacho Carretero, por afectar al honor del ex alcalde de O Grove al que se vincula en dicha obra con el famoso narcotraficante gallego? En cuanto se conoció la medida, se agotaron en Amazon los ejemplares físicos y ascendió hasta el infinito y más allá la venta de los digitales. Esto es lo que se llama el Efecto Streisand, que curiosamente a veces queda anulado por otro efecto igual de poderoso: el de la Ley de Murphy. Así, el anteriormente desconocido Valtónyc terminará dando con sus huesos en prisión y la honorabilísima Anna Gabriel acabará siendo extraditada y procesada algún día. Mientras, por otro lado, Santiago Sierra se habrá lucrado tanto o más que Marta Sánchez al haber elegido bien su objetivo artístico y Nacho Carretero se convertirá en Best-Seller para solaz de Antena 3, que acaba de terminar la serie de televisión basada en su libro.

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