Puente de Ureña

Rafael Duarte

Siglo de hierro y profesiones

La acción piramidal de profesiones libres lograba que el mercado editorial se sostuviese

En el siglo de oro, llamado entonces siglo de letras y siglo de hierro, era altísimo el grado de analfabetismo, un noventa y tres por ciento, y era tan normal que todavía El Lazarillo de Tormes se leyera en voz alta para los que no sabían ni leer ni escribir, como naciese la primera novela moderna, La Celestina, hija de un abogado converso de Talavera, Fernando de Rojas.

De las letras fueron, Condes, como D. Gaspar Mercader o Villamediana, sacerdotes y clérigos tal Tirso, Lope, Fray Luis, Baltasar Gracián, Gerónimo Gracián, Marcelo Díaz Callecerrada, autor de su culterano Endimión, Diego Sánchez de Badajoz, Díaz Tanco, Torres Naharro con su Serafina Himenea… Secretarios, como Lope, Francisco de Madrid, Cervantes, Lofraso, Gálvez de Montalvo, también militares, o Lucas, autor del Galateo Español o destierro de la ignorancia y sus hermanos Luis, Tomas o Antonio Gracián Dantisco, secretarios de lenguas y bibliotecario de El Escorial. Médicos, como Pérez, López de Úbeda, Carlos García y Alcalá Yáñez, -en la Isla hoy antecesores de los doctores José Chamorro, Joaquín Calap, Juan Manuel García Cubillana, escritores nuestros. Notarios, como Gil Polo, organistas y músicos, Lucas Fernández, Juan de Encina, Gil Vicente, etc.

La acción piramidal de profesiones libres dentro del Madrid de los Austrias, lograba que el mercado editorial se sostuviese. Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo autor de una obra que viene bien al Carnaval, La Estafeta del Dios Momo o Castillo Solórzano, secretario y académico, con su bachiller Trapaza, escribieron incontables novelas cortas. En ese Madrid tan exiguo. Con sus mentideros y sus obras manuscritas. Y no podía faltar un espía: Francisco de Quevedo. Ni un bufón, Francesillo de Zúñiga, también historiador, autor de una crónica burlesca de la España de Carlos V.

Barberos, -tundidor de mejillas y sastre de barbas- dirá Quevedo, zapateros, boteros u odreros, cortabolsas, pajes, algebristas, -cirujanos e huesos y fracturas- tafures, pedigüeños, mercaderes, calceteros, cocineros o tinalleros, representantes, estudiantes, dramaturgos sin obras, capeadores, alguaciles, corchetes, quincalleros, mozos de mulas, mancebas, trotonas, sodomitas nefandarios, covachuelistas, escribanos, peleteros, daifas, damas de achaques, tusonas, rameras, colipoterras, carcaveras… Todo ese elenco comía y bebía en Madrid. Ese Madrid pequeño y hacinado. Villamediana, Conde y correo lo describiría así: Loca justicia, muchos alguaciles/cirineos de putas y ladrones/seis caballeros y seiscientos dones/ argentería e linajes viles…

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