El Alambique

alejandro barragán

Entrevistas folclóricas

E NTREGA de currículos en un bar de copas para optar a un empleo medianamente público de socorrista de playa es, cuando menos, un hecho folclórico. La noticia, recientemente conocida, me hace recordar una historia que me ocurrió a mí hace ya muchos años y que os quiero contar aunque no tenga nada ver, salvo por lo folclórico, y sin afán de ser moralizante.

Un día, un humano me citó para una entrevista de trabajo en un conocido restaurante de El Puerto. Llegué con puntualidad cuántica a la una y treinta de la tarde y me recibió acodado en la barra, con una cerveza a medio tomar y unas patatas fritas a medio acabar. Tras pronunciar mi nombre real, nos dimos un fuerte apretón de manos, como si hubiéramos firmado un negocio redondo.

Entonces me hizo la primera pregunta, y última, de la entrevista: ¿Qué tomas? Un zumo de naranja, contesté, sabiendo que si pedía alcohol condicionaría la opinión que tendría de mí. A partir de ahí, la cita se convirtió en un monólogo con una cantidad inverosímil de andanzas, entuertos y anécdotas poco digeribles. En más de una ocasión, traté de interrumpir su larga exposición de motivos, para humanizar mi talante y dejarle claro que yo también tenía opiniones e incluso podría estar de acuerdo en su tesis sobre la falta de agua en Marte. En alguna pausa efímera, solté un rápido "ah, sí, eso es verdad", pero él hizo caso omiso, con la mirada perdida en la entrada de los baños e inmediatamente dio un trago a la cerveza. En seguida cambió de tema y comenzó a darme explicaciones sobre por qué sus hijas preferían la gimnasia rítmica a las clases de guitarra.

Mi currículum, guardado en una fina carpeta negra, iba entrando en combustión. Comencé a dar sorbos lentos al zumo: algo tenía que hacer para no parecer el nieto de aquel humano. De pronto, se irguió sobre el taburete, pidió la cuenta y con una enorme sonrisa, me volvió a dar la mano, y sin soltarla, me invitó a su oficina dos días más tarde. Folclóricamente, conseguí el trabajo y yo sin saber por qué.

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