Puente de Ureña

Rafael Duarte

Elevación y eso

La felicidad es el momento de ser ese ascua expandida por el alma y los poros

Con las maldades, malicias, dolores y nequicias el mundo no es más noble por mi causa, ni por las de nadie. Ya no sé la cantidad de dolor puro que guardamos en nuestras arterias. El desconsuelo suele ser proporcional al miedo. Con lo del atentado, y eso, no entiendo a los afectados de trasonismo. Los llamados buenistas. Perejiles del todo y del nada. El odio es la única pasión universal que no cabe en un abrazo. Iba a escribir sobre las últimas maldades de las Meninas isleñas, y de Zanahorio Caraóculo, valedor de Filondango, pero se me han quitado las ganas. El alma toma los escalones de los pies, el dolor de saber que la necedad más la nequicia ama la muerte, y que el resentimiento tiene tronos en quienes nadie diría.

En esto, para huir de maldades entronizadas, me pongo a escribir apuntes para la novelilla El arte de no escribir y ando recordando las novelas de estructura interna cerradas o abiertas, cuando en la televisión observo que en una plaza de toros en vez de la música habitual, se instala una orquesta filarmónica completa y una coral al lado. Necesito vivir algo que eleve. Algo que me aparte del terror, del dolor o de las torturas psicoelementales de oír malos versos y peores poetas. O malos cantantes. Necesito algo espiritual. Algo que no recuerde que el hombre tiene colonias de odio en el corazón. El íntimo rechazo de la mediocridad con sus chanclas playeras.

El paseíllo de los toreros se inicia y oigo en vez del pasodoble el Oh, Fortuna de Carmina Burana. (velut luna…) Para ese entonces ya andaba leyendo la Elegía por Emilia de Ángel García López que lleva dentro el tremendo y retorcido dolor íntimo de saber que te apagas. Que te disuelves. Que todo lo que amas se quedará aquí. También leo este verso de Enrique Montiel intensidad y música y dolor evocado: "la memoria expandida/ el misterio insondable de lo que somos". Y suena el panis angélicus, y mi mujer empieza a acompañar el canto coral. Entonces sucede. Me elevo en un instante de felicidad. Cuánto la amo cuando se transfigura en el silencio en pura voz y melodía. No hacen falta palabras. Eso, sólo. La felicidad es el momento de ser ese ascua expandida por el alma y los poros.

Pleno todo. Los poemas, los versos, el toreo, la coral, Ninfa cantando. Le doy gracias al cielo por dejarme sentir en estos tiempos de oprobio tanto placer. Qué lejos de las bombas y de Mironio Zarambaina y otros.

Oh Fortuna, velut luna…. Oh Fortuna, como la luna variable de estado. Demos gracias al cielo por permitirnos existir así. Sin odiar a Mozart por ejemplo y sin que borre el exceso de información algunas sensaciones necesitadas. El atolón coral del canto y la belleza. Algún verso perdido . La soledad de fondo que me habita.

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