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Tribuna

Pablo gutiérrez-Alviz

De momento

El responsable del cobro, Marcial para este artículo, la atendió con suma amabilidad y en muy alta voz, le alabó el gusto por los libros escogidos

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De momento / rosell

Hay un indeterminado momento en la vida en el que se empieza a apreciar el cabal valor del tiempo. Suele coincidir con el periodo de la sesentena, y conlleva una actitud vital más tolerante, sin perjuicio de aislados brotes de impaciencia. No hay tiempo que perder. Un momento es algo elástico y accidental. Días pasados, paseaba por el centro una ciudad española, y vi en el escaparate de una librería la última novela de Luis Landero. Al amigo que me acompañaba le comenté, “si no te importa vamos a entrar, quiero comprar ese libro, solo será un momento”. Curiosamente, en la jerga comercial, el momento de la verdad es el instante en que el cliente entra en contacto con una empresa, y puede formarse una idea de su funcionamiento. Y en la taurina es cuando el torero entra a matar.

De una estantería cogí La última función, que así se titula, y me dirigí a la caja. Una chica joven con mochila se me anticipó por poco. La llamaré Serena. En la mano llevaba varios libros.

El responsable del cobro, Marcial para este artículo, la atendió con suma amabilidad y en muy alta voz, le alabó el gusto por los libros escogidos, y reconoció que le había encantado el que trataba de la educación del hijo único de una familia monoparental. Acto seguido, le preguntó si era socia del club de clientes de la librería y que, en caso afirmativo, le diera su número de móvil o su email. La chica, también vociferante, le expuso que era socia, pero que había cambiado de número de teléfono y de dirección de correo electrónico. Marcial lo comprobó y, en efecto, no figuraba registrada. A continuación, le hizo las habituales preguntas de identificación, y la compradora tuvo que deletrear y repetir el complicado nuevo correo, desde el momento en que Marcial era incapaz de escribirlo correctamente. Serena volvía a ser socia del club. De momento, solo habían transcurrido unos cinco minutos.

El sagaz cajero le preguntó a la compradora si tenía un niño pequeño. Serena le confesó que tenía una hija de apenas tres años. Marcial, afable en todo momento, como padre de otro hijo de la misma edad, le aconsejó que se llevara uno de los almanaques que tenía delante del mostrador para que su hija, Serenita, aprendiera los meses del año.

En un momento dado, el de atrás de la incipiente cola, ya impaciente, me preguntó si yo creía que la chica acabaría pronto. Le contesté que lo mismo finalizaría de un momento a otro. El turno de Serena se estaba eternizando por momentos. Marcial le ofreció luego, por pocos céntimos, una bolsa de papel, sin asomo de cloro, que gozaba del certificado de procedencia de bosques gestionados de forma sostenible. No obstante, Serena la rechazó: mira, me cabe todo en la mochila, aseguró.

Por fin, Marcial acercó el datáfono a Serena para proceder al cobro de toda la mercancía. La compradora buscó en su mochila una tarjeta, la pasó por la máquina y no fue aceptada. A cada momento la cosa se complicaba. Serena, sin perder un momento, rebuscó en la mochila de nuevo y, encontró otra tarjeta, algo antigua, de las que necesitan código de seguridad. Tuvo que sacar su móvil del pantalón para localizar los dígitos de control. Terminó por encontrarlos, y los introdujo en la maquinita con feliz resultado. Marcial le entregó el resguardo, y manifestó: “Esta compra ha quedado anotada en tu cuenta de socia con los puntos correspondientes”. Y ambos se despidieron con un cómplice apretón de manos.

Habían transcurrido más de quince minutos desde que formé la cola en la caja. Detrás de mí, conté diez personas. Uno de ellos intentó colarse con una absurda excusa. No se lo permití.

Buenas tardes, le dije a Marcial, no soy socio del club de lectores, ni deseo serlo, no quiero un almanaque, ni siquiera una bolsa, y pagaré en efectivo. Muy serio, introdujo mi billete de 50 euros en la máquina detectora de falsificaciones, y transcurrido un breve momento indicó: “Demasiado nuevo, no lo reconoce, llamaré al encargado”. Yo no veía el momento de irme. El jefe llegó al cabo de un rato; arrugó el billete, lo metió de nuevo en la máquina y salió que era legal. El problema es que cuando abrió la caja registradora no tenía monedas de cambio. “Mejor, pague con tarjeta”; sentenció. Y obedecí al momento.

En definitiva, cerca de media hora para comprar la novela. Hallé a mi amigo por la librería, ojeaba otras novedades editoriales con la paciencia de un culto y tolerante sesentón.

En la puerta de salida de la librería nos abordó una sonriente veinteañera, y remató la faena: “Un momento, ¿podrían rellenar esta encuesta? Queremos conocer el grado de satisfacción de nuestros clientes. Es solo un momento, de verdad”.

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