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Lecciones para lobeznos

Los lobos son protagonistas de muchos de los títulos de Errata Naturae. Los lobos son protagonistas de muchos de los títulos de Errata Naturae.

Los lobos son protagonistas de muchos de los títulos de Errata Naturae. / D.C.

Escrito por

· Pilar Vera

Redactora

GRACIAS a Kipling todos sabemos que Mowgli, La Ranita, fue criado por la loba Raksha, El Diablo, como uno más de su camada. Tener a una manada de lobos de su parte era, sin duda, la única forma de sobrevivir que tenía una criatura tan desastrada y frágil como un cachorro humano: la mayor amenaza en la selva, de ese mismo momento, del Gran Señor, el tigre Shere Khan. Pienso que Kipling escuchó hablar, inevitablemente, de los casos de niños criados por lobos que se decía habían encontrado en la India. Observador agudísimo del reino animal, desarrolló en su historia sobre Mowgli –que protagoniza algunos de los cuentos de El libro de la selva, que está compuesto por varias narraciones– las cuestiones que asomaban bajo esas curiosidades noticiosas: dónde reside la humanidad, si tienen los animales comportamientos humanos –y viceversa: la bestialidad en los humanos–, o hasta qué punto son importantes para la supervivencia la cohesión y el grupo.

Que la fuerza de la manada es el lobo y la fuerza del lobo es la manada es la lección principal que aprende todo joven lobezno-humano que se acerca a las enseñanzas de la jungla. Y, sobre esta premisa, se desarrollan también dos títulos de young adult –o más bien, como diría Siruela, de La Tercera Edad: la edad sin límite– publicados por Errata Naturae: Una loba para un hechizo y Un lobo llamado Wander. Uno, con escenario de cuento ruso; el otro, con los bosques de la costa del Pacífico como protagonistas. Los dos títulos pueden considerarse lectura adolescente debido precisamente a que ambos pivotan sobre la cuestión de la pertenencia:importante durante toda la vida pero, especialmente, durante los años tempranos. No hay nada que ansíe más el lobo Wander durante su largo periplo que volver a encontrar (o más bien, formar) una manada, ni nada que lo arroje más del mundo que saber que ha perdido a la suya –colgado de la realidad, nos hace entender, sólo porque la Estrella del Lobo lo sigue iluminando mientras deambula–. El conflicto de Una loba para un hechizo surge cuando Zima, su protagonista peluda, se ve expulsada de su círculo y envuelta en asuntos demasiado humanos.

Rosanne Parry novela en Un lobo llamado Wander la historia de un lobo real (OR-7, según su seguimiento) que recorrió en solitario 1.600 kilómetros, de Oregón al norte de California, hasta establecerse en un territorio muy parecido al que le vio nacer. Durante todo su recorrido, no atacó ganado ni granjas. Aunque no se había visto un lobo en la zona en más de 80 años, Wander/Oregon-7 consiguió encontrar pareja y ha tenido varias camadas. Su caso es tan famoso que en los colegios se hizo una encuesta para ponerle nombre y los niños lo bautizaron como Journey, de modo que el viejo lobo gris tiene ahora tres nombres, como sólo ocurre con los héroes –la vida solapada de Parry nos dice que escribe desde una casa en un árbol, y se lleva con ello el aplauso del público y mi envidia cochina–.

En el caso de Karah Sutton, los lobos son protagonistas como parte del amplio folklore ruso: de hecho, en Una loba para un hechizo aparecen dos clásicos de las leyendas eslavas, las metaformosis animales y la ínclita Baba Yaga. Sutton se vio inmersa en este tipo de historias indagando sobre sus antepasados, y en su propuesta encontramos muchos referentes que nos trasladan al corazón de este tipo de leyendas bajo un contundente mensaje medioambiental: el príncipe malvado, un enlace equivocado, la –universalmente conocida– cabaña móvil con patas de gallina, huérfanos en el corazón del bosque, animales parlantes –como en su título compañero, y como en la vida, los cuervos resultan los satélites inevitables de la hermandad lobuna (y de las brujas, que vienen a ser lo mismo): “Los cuervos son muy listos –reflexiona Wander– pero tienen el pico equivocado, y por eso nos necesitan”.

Y, por supuesto, en ambos libros –y en la realidad– los lobos resultan buenas, excepcionales criaturas: no en un sentido blando, sino respecto a su función y sentido en el mundo. Mucho más de lo que puede decirse de su principal depredador.

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