Enfoque de domingo/ Corrupción política

“Denuncié y mi partido nunca me arropó”

  • Manuel Ramírez, 'Cunete', vive hoy con 420 euros al mes, veinte años después de haber rechazado cincuenta millones de pesetas por vender su voto

Manuel Ramírez, hace una semana, en Las Dunas Manuel Ramírez, hace una semana, en Las Dunas

Manuel Ramírez, hace una semana, en Las Dunas / Julio González

"Mira Cunete, tu amigo Juanito, el que te ha metido en esto, te dejará tirado más pronto que tarde y éste es un tren que sólo pasa una vez por tu casa”. Manuel Ramírez, conocido como Cunete en todo Sanlúcar, y hace veinte años en toda España, volvió a fumar en 1999. Fue en el despacho de Rafael García Raposo, entonces secretario comarcal del PSOE de Sanlúcar. Le había puesto delante un billete a Lisboa, 50 millones de pesetas y un puesto de trabajo en el Ayuntamiento de Chipiona. Con esa oferta sobre la mesa, lo primero que se le ocurrió fue coger un pitillo del paquete de Raposo y fumárselo en segundos. Por entonces, Manuel Ramírez era concejal del PP en el Ayuntamiento. Había ido en la candidatura con su amigo de la infancia, Juan Rodríguez, y ahora tenían los números para montar una moción de censura contra el alcalde socialista, Agustín Cuevas. Si Cunete se quitaba de en medio, si ese día estaba en Lisboa, ya no salían los números. El tren que le ponía delante de su casa Raposo era una traición en toda regla a su amigo Juan. Pero él no cogió el tren. Lo denunció. Así se juzgó y así se condenó.

Y así arranca el caso Sanlúcar, del que ahora se cumplen dos décadas. Tuvo aquello una dimensión nacional. “Me llamó un amigo desde República Dominicana cuando me vio en la tele de allí. ¡Pero si es Cunete!” Todavía no había estallado la Operación Malaya y aunque sí que se había oído hablar de Juan Guerra, el hermano de Alfonso, y sus manejos en Barbate, en España todavía existía cierta candidez acerca de lo que se cocía en los ayuntamientos.

“Fue el primer caso que salió a la luz de compra de voluntades, pero a saber cuántos hubo antes. Este fue el primero que se conoció, por eso tuvo esa repercusión”. Sólo unos pocos años después, en 2003, el conocido como tamayazo, la compra nunca probada de dos diputados socialistas de la asamblea madrileña, hizo presidenta de Madrid a Esperanza Aguirre. Lo que pasó después en Madrid es conocido por todos. Hoy sigue gobernando el PP. Lo que pasó después en Sanlúcar, tras un gobierno de los populares con mayoría absoluta, fue que desde hace tiempo sigue gobernando el PSOE. “pero este PSOE no tiene nada qwue ver con aquél”, matiza Ramírez, que habla muy bien del alcalde actual, Víctor Mora.

Quedo con Ramírez en Las Dunas, un grandioso centro comercal con demasiados locales sin uso. Toda la parte de arriba, la que iría destinada a cines y bolera, sigue destinada a cines y bolera pero sin cines y sin bolera. “Esto lo hicimos nosotros, el PP, cuando gobernamos, pero fíjate que lo inauguraron los que no creían en este proyecto, Irene García y Juan Marín, con lo bien que les ha ido la vida después”. Irene García es presidenta de Diputación; Juan Marín, vicepresidente de la Junta. Sanlúcar, en lo que sin duda es una casualidad poética, ha cogido mucho vuelo político después de que saliera en todos los titulares asociada a este turbio asunto.

Ramírez dice que se metió en política sin pensárselo mucho. “En las primeras elecciones voté a UCD y después voté a Alianza Popular porque era de los que me leía los programas electorales y era el que me resultaba más cercano, pero yo no estaba en eso. Me dedicaba a currar. Fui camionero, trabajé en el campo y luego me hcie comercial de una empresa de chacinas porque conocía a mucha gente. Cuando Juan, al que conocía desde chico, me dijo que hiciéramos algo para cambiar el pueblo, me fijé más en el plan que tenía Juan para Sanlúcar que en el nombre del partido por el que nos presentábamos. Hicimos una campaña puerta a puerta, dividimos el pueblo en diecisiete e hicimos encuestas en cada una de esas parcelas para conocer las inquietudes de los vecinos. De la política me interesa más poner una farola en una calle que la necesita que los discursos. Una vez Miguel Arias, al que admiro mucho, me dijo que ser minisro es muy fácil, que lo que yo hacía era la verdadera política”, cuenta mientras sirven el café en un centro comercial que a primera hora de un lunes está desierto.

El contacto con Raposo, al que sólo conocía vagamente, se produce en octubre del año 99 a través de un cuñado, empresario con el que Ramírez había trabajado cuando llevaba el camión. “Me dijo que por favor le atendiera. Mi cuñado estaba interesado en montar un negocio relacionado con el montaje de cocinas y creía que los socialistas le podían favorecer para que lo pusiera en marcha. Accedí por eso, porque era mi cuñado. Desde que ocurrió todo aquello mi cuñado y yo no nos hablamos”.

Tras estallar el escándalo los socialistas se defendieron diciendo que era Cunete el que había puesto su voto en venta y, de hecho, fue denunciado y pidieron dos años por incitación al soborno. Ramírez lo niega tajantemente y, además, dice que no tiene sentido, pese a que, por entonces, él se encontraba en paro. “Pero sólo llavaba mes y medio en paro. Era la primera vez que estaba en paro en mi vida, pero mi situación no era ni mucho menos desesperada. Supongo que pensaban que yo era un persona vulnerable, pero se equivocaron. Cualquier otro si hubiera estado desesperado hubiera cogido el dinero, pero yo no lo cogí y no lo hubiera hecho ni aunque hubiera estado desesperado. Estoy criado los valores de los códigos de caballeros. Cuando mi padre hacía un trato no hacía falta un contrato, lo que el valía era un apretón de manos, ése era el contrato. Cuando le conté a mi familia lo que me habían dicho, me respaldaron, tenían claro lo que tenía que hacer”.

Recuerda Ramírez que lo que más le sorprendió fue “la naturalidad con la que se ofreçía la compra de la voluntad de un político. Tuve tres reuniones y en la primera ya dije que ni de coña, pero siguieron intentándolo. Me decían que esto era muy normal. Claro, uno ve lo que ha pasado en la Junta y entiendes que pensaran que era muy normal, eran los dueños y señores del pueblo y ellos eran profesionales de la política y yo no, por lo que todo era muy desconcertante. Vivía en una nube, no creía lo que me estaba pasando. Ellos decían que el dinero lo ponían unos empresarios, pero luego yo he hablado con los empresarios, que me reconocían que daban dinero al partido, pero que no sabían que era para eso. Así que ríete de la financiación del PP, aquí todos hacían lo mismo”.

Tras la denuncia, la moción de censura prosperó y Ramírez fue encargado por el alcalde de llevar el área de Participación Ciudadana. “No podía pasear por Sanlúcar porque todo el mundo me paraba. Cuando salía de casa por la mañana ya había gente esperándome para pedirme cosas”. Vivió de la política, con un sueldo del Ayuntamiento entre 1999 y 2006, hasta 2003 como concejal y, posteriormente como asesor del alcalde, Juan Rodríguez, que falleció en 2006. En ese año, el mismo en el que se produce el juicio por el intento de soborno, nada menos que siete años después de los hechos, Ramírez regresa a la vida civil. Y la vida civil es dura.

“Arropado no me sentí nunca por el partido. La sentencia fue favorable, favorable para el partido, pero no lo parecía. En el juicio sólo apareció el abogado del partido, Pepe Loaiza, y mi abogado, Juan Pedro Cosano. Ya te he dicho que yo no era un político profesional, como lo puede ser Antonio Sanz. García Perlayo o Romaní han tenido problemas con la Justicia y el partido ha estado ahí. Conmigo no. Me sentía, no sé, como un intruso. El partido le hace un reconocimiento hasta al chaval que monta la caseta en la Feria, lo que me parece bien; pero a mí, nada”.

A día de hoy se sorprende de lo leve que fue la sentencia “por intentar comprar voluntades. Es que ves cosas que han pasado después, no sé, lo de Eva Corrales, que ha tenido que ir a la cárcel, y dices aquello fue mucho más grave. Y ahí tienes a Aparcero, otra vez alcalde de Chipiona, cuando ese hombre no debería estar habilitado ni para ser presidente de una asociación de vecinos”.

Económicamente las cosas empezaron a ir mal según dejó la política. “Quise volver a ser comercial, pero las puertas se me cerraban. Yo no enendía nada. No sabía si alguien estaba perpetrando una venganza, pero lo cierto es que no había forma de encontrar un trabajo, era un varapalo detrás de otro. Me he ido ganando la vida trabajando como albañil donde saliera, de peón, he trabajado como camarero, en la vendimia cortando uva. Lo último que he tenido han sido trabajos en refinerías en Huelva o en San Roque porque aquí en Sanlúcar no había nada. Ahora llevo ocho meses parado y en casa entran 420 euros al mes de ayuda familiar. En el partido saben mi situación, pero tampoco nadie me dice nada, y bueno, que yo tampoco lo pido. Lo que más me duele es no poder darle a mis hijos todo lo que pudiera para sus estudios”. ¿Y no se arrepiente de no haber cogido ese dinero? “No, eso nunca”. ¿Y de haberse metido en política? “No, tampoco, a mí sí que me gusta la política como servicio. Ciudadanos y Vox me han tentado para volver a la política, pero yo lo que necesito es un proyecto que me resulte atractivo, un proyecto para Sanlúcar, no para un partido”.

Nos despedimos en el aparcamiento. Ramírez coge su coche, que le ha salido bueno. Tiene diecisiete años, el mismo coche que tenía cuando era concejal, dice. Y hace tiempo que ha vuelto a dejar de fumar.

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