Los antecedentes del Coronavirus

Crónicas de una Sevilla enferma

  • El catedrático Juan Ignacio Carmona repasó en 'La peste en Sevilla' las pandemias que castigaron a la ciudad.

  • El guionista Rafael Cobos se inspiró en este libro, en Cervantes y en Caballero Bonald para su serie.

Sergio Castellanos y Pablo Molinero, en la serie 'La peste'. Sergio Castellanos y Pablo Molinero, en la serie 'La peste'.

Sergio Castellanos y Pablo Molinero, en la serie 'La peste'.

¿Cómo se han contado las pestes y otras plagas en Sevilla? La epidemia se cebó con la ciudad en varias ocasiones, pero se pueden señalar los años 1350, 1507, 1599 y 1649 como los más inclementes. "Murieron tantos que en muchos lugares murieron más que quedaron", anotó el sacerdote extremeño afincado en Los Palacios Andrés Bernáldez sobre la crisis de 1507.

Diversos autores locales han reconstruido desde la ficción aquella Sevilla convulsa. Novelas como Hija de la Iglesia, del abogado e historiador Fernando de Artacho, en la que el autor narraba el proceso a una novicia acusada de tener tratos con el diablo en medio de la peste que diezmó a la población a finales del siglo XVI, o Padre nuestro que no estás en Sevilla, donde el periodista Félix Machuca relataba el infierno que se vivió en 1649, son algunos de esos relatos.

El guionista Rafael Cobos. El guionista Rafael Cobos.

El guionista Rafael Cobos. / Belén Vargas

Para conseguir con los guiones de la serie La peste que los espectadores se adentraran en aquella ciudad compleja, la Sevilla hambrienta y marginal que se escondía tras la fachada de metrópoli cosmopolita, Rafael Cobos se apoyó en algunas lecturas. El libro "más esclarecedor, la línea vertebral que usé para mi trabajo, para definir cómo se vivió la enfermedad en aquella época", indica el guionista, fue La peste en Sevilla, del catedrático de Historia Moderna Juan Ignacio Carmona García. El ganador de dos Premios Goya (por La Isla Mínima y El hombre de las mil caras) también se inspiró en textos del historiador Francisco Núñez Roldán o en Sevilla en tiempos de Cervantes, la bellísima aproximación al creador del Quijote por parte de José Manuel Caballero Bonald, una recreación de la estancia en Sevilla del autor más ilustre de las letras españolas, que el jerezano retrata en estas páginas dolorosamente humano, cuando sobrevivía con las ocupaciones más diversas e incluso acabó preso en la cárcel.

Cobos también leyó con devoción la propia obra de Cervantes, "y literatura adyacente, como Mateo Alemán". Y encontró claves en otros clásicos que habían abordado una pandemia. "Camus, claro. ¿Cómo puedes hablar de la peste sin tener en cuenta La peste?", se pregunta, antes de mencionar otra narración que le resultó de valor, el Diario de la peste de Defoe. 

En 1649, Sevilla fue castigada con unas inundaciones que provocaron que se accediera a la Alameda de Hércules en barco, no se pudiesen abastecer los comercios y se dispararan los precios de los alimentos tanto como el hambre. Pero tan dramáticas circunstancias no fueron sino el preámbulo de la mayor epidemia que conoció la ciudad en toda su Historia, cuando la irrupción de la peste motivó la muerte de 60.000 personas, un número que casi alcanzaba la mitad de la población de ese momento. 

Según la Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la epidemia en la grande y augustissima ciudad de Sevilla, año de 1649, escrita por un religioso sin identificar e impresa en Écija ese mismo año por Juan Malpartida de las Alas, se detalla la virulencia con que atacó la enfermedad: "Entraron en el Hospital de la Sangre veintiséis mil  setecientos enfermos, de estos murieron más de veintidós mil novecientos, y los convalecientes no llegaron a cuatro mil. De los ministros que servían faltaron más de ochocientos. De los médicos que entraron a curar en el discurso del contagio, de seis sólo quedó uno. De los cirujanos, de nueve que entraron, quedaron vivos tres. De cincuenta y seis sangradores quedaron veintidós. Este es el número de los que sólo murieron en el hospital", se cuenta en este relato que digitalizó la Universidad de Sevilla y que supone uno de los testimonios más valiosos de aquel triste capítulo junto con los escritos del historiador Diego Ortiz de Zúñiga.

Nerea Riesco cuenta en 'El elefante de marfil' la fiebre amarilla que se extendió por la ciudad en 1800

La epidemia terminó de hundir una urbe que había perdido el monopolio del comercio con las Indias, había dejado atrás el esplendor y ya afrontaba su declive, como aseguraba Antonio Domínguez Ortiz: "Sevilla ya no es Sevilla: es otra ciudad que ha conservado su nombre pero ha perdido su actividad y su espíritu. Diríamos que si la Sevilla del 1600 es la de Rinconete y Cortadillo y otras novelas ejemplares, la de 1650-1700 es la de los pilluelos y mendigos de Murillo, la de los terribles cuadros de Valdés Leal en la Santa Caridad", analizaba el especialista en Historia de Sevilla. La Sevilla del siglo XVII.

Nerea Riesco. Nerea Riesco.

Nerea Riesco. / Nerea Martínez

Aunque en El elefante de marfil, de Nerea Riesco, tiene más peso en la trama el terremoto que destruyó Lisboa en 1755 y cuyo alcance llegó hasta Sevilla, la novela cuenta también la epidemia de fiebre amarilla que se extendió en 1800. "Prácticamente en cuatro meses Sevilla quedó asolada: murieron 15.000 personas", señala la escritora. "Se aisló a los que estaban contagiados, se cerraron los teatros, pero se seguían celebrando misas, se organizaban salidas procesionales o se convocaban reuniones para rezar el rosario", apunta Riesco sobre un episodio en el que encuentra un gran paralelismo con el presente.

"Es curioso que, pasen los siglos que pasen, se repitan los mismos patrones. La fiebre amarilla, que venía de Cuba, se veía como una enfermedad que afectaba a los otros, como aquí ha pasado cuando se expandía por China", opina. "Y los que estaban al mando de hospicios y sitios para necesitados se marchaban dejando desatendida a la gente, como está ocurriendo hoy en alguna residencia que ha salido en las noticias", cuenta la autora de Los lunes en el Ritz.

En esos meses, "porque no se sabía cuánto de contagiosos eran los cuerpos", los cadáveres no se llevaban al cementerio sino a dos fosas comunes que se habilitaron en el Prado de San Sebastián y la Macarena, y el Ayuntamiento de Sevilla "gastó un millón de reales en fumigar calles y viviendas. Las pertenencias de los contagiados, cosas como los colchones, las sábanas y las toallas, se quemaban en una hoguera".

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