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Bibliotecas. Una historia frágil | Crítica

Los libros y el lugar

  • Capitán Swing alimenta el fuego de la bibliomanía con un recorrido histórico por la acumulación de volúmenes como espejo de la condición humana y sus mutaciones a cargo de Andrew Pettegree y Arthur der Weduwen

  • El gran fresco de Europa

  • De la razón y el mito

Ejemplares conservados en la Biblioteca Colombina de Sevilla.

Ejemplares conservados en la Biblioteca Colombina de Sevilla. / José Luis Montero

Afirmaba Cicerón que quien tenía una biblioteca y un jardín no necesitaba nada más. Fray Luis de León matizaba que los libros debían ser como los amigos: pocos y buenos. Y, de hecho, por más que Montaigne creciera rodeado de la que tal vez fuese la biblioteca más insigne de su tiempo, a Erasmo le bastó una colección de volúmenes mucho más modesta para terminar de consolidar el humanismo como la respuesta más coherente en una Europa desangrada. La tendencia a acumularlos es tan antigua como la misma invención de los libros y se ha visto sometida a paradigmas del calibre de la imprenta de Gutenberg, que cambió para siempre la definición y el sentido de las bibliotecas, aunque su implantación fue mucho más lenta y polémica de lo que suele afirmarse. En estos milenios, el mismo término biblioteca ha adquirido significados bien distintos, mutantes a veces, contradictorios otras: una biblioteca es, al mismo tiempo, un proyecto de personalísima definición o de adscripción comunitaria, un monumento al ego de su propietario o un servicio de atención social y solidaria, un medio de sometimiento y exterminio o un espacio para la resistencia social e identitaria. Sólo a partir del siglo XIX, en un periodo indiscutiblemente breve de esta historia, podemos hablar de bibliotecas públicas; pero en el siglo XX las bibliotecas, públicas, privadas, académicas o educativas, adoptaron un papel crucial en los conflictos más trágicos e interpretaron a menudo el papel de soldado en el campo de batalla. Una biblioteca es, al fin, un espejo fiel de la condición humana, un signo de su tiempo y de sus paradojas, un lugar de inspiración y un arma arrojadiza; pero, ante todo, y quizá dentro de esa misma esencia contradictoria, se trata de un espacio de fragilidad extrema, concebido siempre para durar a lomos de un sueño truncado antes de tiempo, bien por la endeblez del material recaudado, bien por el modo en que los más distintos intereses políticos y económicos aspiran al control de las bibliotecas como medida necesaria para la prevalencia hegemónica en el poder. Esta debilidad es la premisa bajo la que los historiadores Andrew Pettegree y Arthur der Weduwen publicaron en 2021 el ensayo Bibliotecas. Una historia frágil, que ahora lanza la editorial Capitán Swing con la traducción de Enrique Maldonado Roldán.

El ensayo sigue el modelo divulgativo de las 'historias de la Historia', con ejemplos fascinantes como el de la Biblioteca Colombina de Sevilla

En gran medida, el ensayo encaja como un guante en el cultivo de la bibliomanía tan propio de la contemporaneidad que ha prodigado éxitos insospechados como el de El infinito en un junco de Irene Vallejo. En Bibliotecas se da un cierto espíritu común, aunque con una pátina algo más sensible al gusto académico sin renunciar a su aspiración divulgadora, al alcance de un amplio abanico de lectores. El volumen practica un recorrido cronológico en la historia de las bibliotecas, desde la Antigüedad, marcada a fuego por la aparición de la Biblioteca de Alejandría, hasta los depósitos digitales del siglo XXI, lo que obliga a los autores a delimitar sin remedio el campo de su investigación: aun con referencias a bibliotecas chinas, indias, africanas, andalusíes o americanas, la panorámica dirige el foco sobre todo al contexto occidental y europeo, como muestra representativa seguramente dudosa pero en todo caso eficaz. A partir de aquí, Pettegree y Der Weduwen adoptan el modelo anglosajón propio de historias de la Historia para armar su ensayo, a través de distintos episodios revisados con recursos novelescos e intención ilustrativa. Uno de los relatos más jugosos tiene que ver con la Biblioteca Colombina, la que reunió en Sevilla Hernando Colón (1488-1539), hijo de Cristóbal, con el objetivo de replicar la antigua Biblioteca de Alejandría en la conformación de un legado universal. Colón fracasó en su empeño, pero su gesta no tuvo mucho parangón en su tiempo: entregado a una obsesión que le llevó a comprar numerosos volúmenes en toda Europa pasando por encima de guerras sin cuartel, enfrentado a una Inquisición celosa de su inclinación a hacerse con libros sospechosos de contaminación luterana y a naufragios fatales (como el que mandó a pique un navío procedente de Venecia con destino a Sevilla y con un tesoro de libros a bordo para cuya adquisición el emperador Carlos V había invertido dos mil coronas) y con la amistad a modo de garantía fraternal de Erasmo de Rotterdam (de cuyas obras llegó a amasar hasta 185 ejemplares para su biblioteca), el coleccionista ejemplifica bien el modo en que la nueva visión del mundo que inspiró el Renacimiento se trasladó a las bibliotecas como ejercicios de expansión global y vulneración de límites. Sin herederos que compartieran el mismo afán, su patrimonio bibliófilo, que llegó a contar 15.000 volúmenes entre impresos y manuscritos, y del que apenas se conservan 3.500 en la Catedral de Sevilla, terminó despedazado como signo decisivo de fragilidad.

En los conflictos más trágicos del siglo XX, las bibliotecas asumieron a menudo el papel del soldado en la batalla

Buena parte del interés del ensayo se encuentra en su revisión del periodo reformista (Andrew Pettegree  ha dedicado buena parte de su trayectoria académica e investigadora a la Reforma Luterana), en el que las bibliotecas se convirtieron en una pieza estratégica fundamental de la batalla ideológica con la imprenta como acicate (si bien las reticencias al invento de Gutenberg fueron notorias en ambos bandos durante siglos, lo que invita a reflexionar sobre una más que cantada hegemonía digital frente al papel en el futuro muy a pesar de las resistencias presentes). Pero no menos excitantes resultan la revisión de la Ilustración y su permanente tentación colonialista respecto a las bibliotecas o la triste pervivencia en toda Europa del modelo de gestión instaurada en Alemania a la sombra del nazismo, basada en la promoción incansable de los contenidos propios y la eliminación genocida de los materiales ajenos. Así, la censura, la falta de recursos, la digitalización de los procesos y el arrinconamiento de las bibliotecas públicas en las estrategias culturales invitan poco al optimismo en el siglo XXI, si bien “la pura condición tangible del libro es un elemento clave de su éxito, como también su versatilidad (…) Y la biblioteca, como ubicación y concepto, ha compartido esta mutabilidad”. Bibliotecas es, al fin, una historia de todos, para todos. Aunque muchos lo ignoren todavía.            

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