Una comida en invierno | Crítica El invierno del mal

  • El narrador francés Hubert Mingarelli propone una dura reflexión sobre la guerra y la crueldad humana sin necesidad de recrear el campo de batalla

El escritor francés Hubert Mingarelli (Mont-Saint-Martin, 1956). El escritor francés Hubert Mingarelli (Mont-Saint-Martin, 1956).

El escritor francés Hubert Mingarelli (Mont-Saint-Martin, 1956). / D. S.

Ponemos en copia al periodista Guillermo Altares si decimos, como él afirma, que se puede contar una historia de guerra sin que nadie dispare un solo tiro. Tampoco hacen falta pasajes de explícita violencia, ni que los combates nos hagan estremecer con su simbólico fragor. Pensamos, por tanto, lo mismo que Altares sobre esta breve pero demoledora Una comida en invierno, escrita por el francés Hubert Mingarelli (Mont-Saint-Martin, 1956).

Algo más de un centenar de páginas contiene el presente relato. Su aparente simpleza da paso a una reflexión –en modo alguno pretendida por el autor– sobre hasta dónde alcanza el mal, la inhumanidad, la narcotización de las conciencias. Tres soldados alemanes, enviados al frente polaco, piden que se les releve de fusilar judíos en la zona de acuartelamiento. Prefieren ir en busca de posibles fugitivos por los bosques y aldehuelas colindantes. Así se lo hacen saber a su odioso superior.

A través de un paisaje inerte, absolutamente blanco, el trío deambula por entre la nieve hasta que logran dar caza a su pieza. Se trata de un judío, que permanecía oculto, casi animalizado, en una suerte de covacha. El reo se une a la comitiva, hasta que los cuatro dan con una casa abandonada en mitad de un desconsolado paraje. Ateridos y hambrientos, los soldados intentarán paliar sus penurias con una comida.

De ahí, por tanto, el título de esta novela. La Segunda Guerra Mundial apenas si aparece como tibio trasfondo. Casi toda la narración discurre entre los preparativos de la magra comida. El judío permanece en un cuarto, separado del resto. Entre tanto, los soldados continúan departiendo entre ellos, tal y como lo habían hecho antes como integrantes de la patrulla. En especial mencionan al hijo de uno de ellos, Emmerich, quien se muestra apesadumbrado por el futuro del vástago. También hablan sobre cómo la matanza de judíos está mellando sus conciencias, adiestradas en principio para no sufrir ondulación alguna.

Portada de la novela. Portada de la novela.

Portada de la novela. / D. S.

No obstante, visto todo desde fuera, no parece que sufran un sincero dilema moral. Más bien intentan que la lógica de los hechos no les afecte demasiado. Puesto que tarde o temprano puede que les toque matarlos, no conviene tratar con los judíos, ni siquiera con una pizca de humanidad distante o interesada. De inicio a fin la novela transita por la conocida penumbra cenagosa: la banalidad del mal. En efecto, Mingarelli merodea por el famoso concepto acuñado por Hannah Arendt. El también escritor Ian McEwan se encarga de recalcarlo para la ocasión.

Mientras la comida se va cociendo poco a poco, entra en escena un campesino polaco de los alrededores. No habla alemán, pero se le adivina su antisemitismo cuando cruza su mirada con la del judío. Una comida en invierno lo dice todo sin decirlo del todo. De ahí la valía literaria del relato, que hace a todos corresponsables de la silente maldad que late en la citada escena. Véase, interior día: una casa rural polaca, cinco hombres hambrientos, el olor a comida que atraviesa la tensión del cuadro.

Hay otras formas de interpretar la banalidad del mal por parte de los verdugos. Recordemos Las benévolas de Jonathan Littell, el imperial testimonio de Max Aue, antiguo oficial de las SS, quien años después de sus iniquidades pone por escrito su copioso relato como matarife (Galaxia Gutenberg ha reeditado este año una nueva versión de la novela). Por el contrario, Una comida en invierno vendría a ser la contracción, el relato mesurado (no como en el caso de Littell) sobre la barbarie nazi, especialmente pródiga en los países de Europa del Este.

1 de septiembre de 1939 en la frontera de Polonia: comienza la invasión nazi del país. 1 de septiembre de 1939 en la frontera de Polonia: comienza la invasión nazi del país.

1 de septiembre de 1939 en la frontera de Polonia: comienza la invasión nazi del país. / D. S.

La novela de Mingarelli resulta oportuna en estos días. El inicio de la Segunda Guerra Mundial cumple justo ahora 80 años. Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939 con la infausta operación Fall Weiss. Hasta el fin del conflicto el 20% de la población polaca será aniquilada, con su devastadora cuota de judíos. En los comienzos buena parte de las bellaquerías ocurridas en Polonia corrieron a cargo de Rusia. Los soviéticos ocuparán gran parte del país gracias al no menos infausto pacto de no agresión entre Hitler y Stalin. De hecho los rusos provocarán la matanza de Katyn, recreada en la sobrecogedora película de Andrzej Wajda.

También, como se refleja en el rudo campesino de la novela, el silencio ominoso –cuando no la abierta hostilidad– de muchos polacos respecto a los judíos se muestra como un capítulo de la historia que ha permanecido en barbecho largos años. La sufridora Polonia también se contagió de un antisemitismo culturalmente asimilado durante siglos. La extraordinaria película Ida (2013) de Pawel Pawlikovski puso al desnudo las vergüenzas nacionales. Nada que haya impedido que los gobiernos nacionalistas rijan hoy por hoy los destinos de –como solíamos decir– la católica Polonia.

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