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Cuesta de la murga

Carnaval doceañista

REIVINDICAR ser el aventajado que advirtió que en el Doce nos aguardaba un cumpleaños es como pretender adjudicarse el descubrimiento de que el pico empuja mejor la tapa de ensaladilla. No estoy contra los fastos del Doce, pero contemplo lo que viene con cierta sorna y una inevitable desconfianza. Creo que la misma que en 1912 dejó caer en sus cuartillas el murguista Francisco de Llames: Ay con el caray, caray, caray / que mire usted que fiestas que va a haber en Cái / ¿luego? La jambre que se va a pasá; porque aquí nadie ha hablado todavía de la resaca "treceañista".

Si más allá de ladrillos y estructuras, algo deja el bicentenario de su espíritu reformista, de su aliento edificante, de su adelantada magnitud de pensamiento, de su tolerancia capaz de abolir el tribunal de la Inquisición, bienvenido sea. Pero yo soy un optimista con memoria, con mucha memoria, y es preciso recordarle a los más amnésicos que la vergonzosa mole de cemento con proa de barco de la Punta de San Felipe se construyó en 1988 para los fastos del Quinto Centenario, con dinero publico sacado de otra chistera presupuestaria… y ahí está, destrozado e inacabado, de hormigón y retamas, como símbolo preclaro del despilfarro, para vergüenza de todos nuestros administradores, pasados y presentes.

Para el Bicentenario se ha creado una nutrida y sabia comisión ciudadana en la que están representados todos los estratos de la ciudad, con la sola e inexplicable ausencia del Carnaval, que es lo mismo que decir con la falta de la voz representante de su fiesta más universal.

Está bien. Yo no vengo a reivindicar la importancia del Carnaval en el espíritu doceañista, que por otra parte sería una estupidez, a pesar de los bailes de máscaras que se celebraban durante el Sitio; vengo a que cuando llegue el Doce se sea consecuente con esta exclusión y no se mezcle a Argüelles con Cañamaque, ni a Fletilla con Alcalá Galiano, ni se contrate a las agrupaciones ni a los especialistas de su historia para rellenar recepciones con canapés y contenidos de última hora. Porque después, bajo los efectos narcóticos de la borrachera liberal, se nos llenará la boca de metáforas como "el libreto" de la Constitución, el "periodismo cantado" del Carnaval y demás tópicos, amén de setenta mil actos en donde se pondrá un tablao al que subirán las agrupaciones del sector que ahora no es tenido en cuenta para que canten y tiñan de colorido los fastos.

Seamos consecuentes; es como pretender ser católico y usar el condón. O Carnaval dentro o Carnaval fuera. Con todas sus consecuencias. Es así de claro.

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