Cádiz Oculto El rostro del dolor

  • La pareidolia explicaría casos como el de las Caras de Bélmez o el del “Cristo” del Cerro del Moro

El rostro de Cristo que “apareció” en el Cerro del Moro en 1993 era una mancha de humedad. El rostro de Cristo   que  “apareció” en el  Cerro del Moro en  1993 era una mancha  de humedad.

El rostro de Cristo que “apareció” en el Cerro del Moro en 1993 era una mancha de humedad.

Muchos recordamos aún aquella aparición de Cristo en una fachada del Cerro del Moro. Fue un caluroso agosto de 1993. En la calle Batalla del Salado, unas mujeres dieron la voz de aviso: el milagro se había producido. La peregrinación no tardó en llegar. Velas, colas, empujones. Algunas vecinas frotaron la cara con jabón, pero el rostro de Jesucristo no quería marcharse. El fenómeno, de todos modos, duró poco. Finalmente se supo que no era más que una curiosa mancha de humedad. Y el Cristo pasó al olvido. Otra anécdota para los cuplés de carnaval: “En el cerro del Moro hay mucha gente que fuma grifa”, acababa su letra al respecto la chirigota Un peasso coro.

¿Pueden los sentimientos impregnar las paredes de las casas? Según ciertos parasicólogos, sí. Para los creyentes en lo paranormal, la teleplastia sería este prodigio por el que aparecen figuras y rostros en techos o paredes; formaciones producidas por las energías que se desprenden de las emociones y sentimientos. Así, de alguna manera, las personas que han vivido acontecimientos trágicos en un edificio pueden quedar impresas en él mucho tiempo después de fallecidas. El más famoso caso de teleplastia, si creemos en ello, serían las Caras de Bélmez en Jaén. Sin embargo, la psicología también ofrece su explicación: la pareidolia, fenómeno por el cual la mente humana forma figuras reconocibles en lugares donde solo existen estímulos vagos. Ese elefante que vemos en una nube, el gato que apreciamos en una mancha de grasa, la cara fantasmal que nos asusta en un muro o el Cristo que apareció en la pared del bar La Casapuerta y nos dio para bromear durante unos días con el historiador Alberto Ramos. Todas las posibilidades de sacar rédito al milagro se difuminaron cuando se pintó la pared y el Cristo no volvió a salir… La pareidolia explicaría desde la razón el Cristo del Cerro del Moro, el de La Casapuerta y hasta las Caras de Bélmez. En Cádiz tenemos una auténtica cazadora de pareidolias: la ilustradora María Gómez, que las transforma en extraordinarios divertimentos artísticos.

No obstante, cierto es que las Caras de Bélmez son curiosas y hasta inquietantes. Algunas demasiado claras y expresivas. En ocasiones resulta difícil comprender que un rostro nítido, que se percibe sin ambages por un número muy elevado de testigos, sea únicamente producto de una mala pasada del cerebro (aunque, ¿qué hay más poderosa que la mente humana?). La historia que sigue nos lleva a El Puerto de Santa María. A principios de los años 90, un grupo de chavales de Cádiz se trasladó a la ciudad cercana para introducirse en el entonces abandonado monasterio de la Victoria, hoy en día restaurado y utilizado para fines culturales. Una vez allí, los amigos realizaron varias fotografías y se percataron de que en un muro aparecían numerosos rostros, pero había una principal realmente impactante por su claridad. La primera reacción de los muchachos fue pensar que estaba pintada, pero no era así. No había rastro de pintura, era del mismo color y tono que el resto de manchas de la pared, y además estaba en una extraña posición: tumbada en el muro a ras del suelo. He tenido oportunidad de verla y puedo asegura que, dentro de mi habitual escepticismo, el rostro es del todo llamativo. Se distingue un busto y un sombrero sobre la cabeza.

Los duques de Medinaceli levantaron el monasterio de la Victoria en el siglo XVI y a finales del XIX se erigió en su claustro el tristemente famoso penal de El Puerto. Entre sus muros, por tanto, se sufrió mucho. ¿Ha quedado tanto dolor impreso en sus paredes? ¿Las caras que aparecieron en esas fotografías de los años 90 pertenecen a quienes allí padecieron? Existe una faceta enigmática del monasterio-penal, una que la relaciona con espectros y lamentos, voces recogidas incluso en psicofonías, fenómenos extraños de todo tipo como esas posibles teleplastias que captaron las cámaras de aquellos muchachos gaditanos que se adentraron hace tres décadas en busca de misterios.

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