La tribuna

Manuel Lozano Leyva

El valor del platino

SI el lector teclea en Google el nombre de cualquier elemento químico encontrará mucha información, en particular, quién fue su descubridor. Con el noble y caro platino tendrá dificultades y, si no lo sabía, quizá quede pasmado cuando aprenda (mejor si lee inglés) que su descubrimiento en la era moderna se debe a un sevillano: Antonio de Ulloa. El astrónomo y oficial de la Marina (y luego muchas cosas más) había partido con su amigo y colega el alicantino Jorge Juan hacia Perú. Eran los miembros más destacados de una expedición científica financiada por el rey Felipe V con los auspicios de la Academia Francesa de Ciencias.

El objetivo de tan magno proyecto era tan poco provechoso a primera vista como la medida de un arco de meridiano en el ecuador con la precisión de un grado. Aquello duró unos diez años y una de las infinitas observaciones que hizo el ilustre sevillano fue la singularidad que tenía la llamada Platina del Pinto. Era un metal que los mineros del oro despreciaban y volvían a echar al agua de los ríos o al fondo de las minas suponiendo que con el tiempo se convertiría en oro.

En 1745, dando por concluida su labor científica, Jorge Juan y Ulloa regresaron a España. Lo hicieron en barcos distintos, teniendo el sevillano la mala suerte de que su fragata, la Liberación, fuera atacada por piratas, terminando después en manos de la armada británica, o sea, de piratas oficiales. A don Antonio lo llevaron a Londres y sus papeles fueron confiscados. ¿Fue esto una injusticia? Pues no, porque Antonio de Ulloa era un conocido espía internacional al servicio de la Corona española. Los ministros Patiño, primero, y Ensenada después, con su inefable Pablo de Olavide como Asistente en Sevilla (Delegado del Gobierno en Andalucía que diríamos hoy) estaban empeñados en modernizar España y para ello lo mejor era estar al tanto de lo que se llevaba a cabo en las fábricas, los astilleros, las minas y los arsenales de los países más adelantados. Así, el primer espía industrial fue precisamente Ulloa y los ingleses hicieron bien en no fiarse de él, intentando averiguar lo que se llevaba entre manos.

Sin embargo, los miembros de la Royal Society, la sociedad científica más avanzada del mundo en aquella época, se percataron de la importancia de los papeles del ilustrado sevillano. Al comprobar que no afectaban a la seguridad e intereses de Su Graciosa Majestad, no sólo se los devolvieron, sino que a su autor lo hicieron miembro de tan prestigiosa institución. En 1748, con Jorge Juan, Ulloa publicó su Relación histórica del viage (sic) a la América Meridional, donde da cuenta del descubrimiento del platino. Ulloa también recibió honores de las academias de París, Berlín, Estocolmo, Leipzig y Bolonia.

El lector puede preguntarse a cuento de qué viene la pincelada histórica anterior del Almirante Ulloa, aparte de lo instructivo que siempre es saber de las hazañas y avatares de un excelso compatriota. O paisano, si se prefiere una palabra menos inquietante, por más que Antonio de Ulloa fuera director de la Sociedad Patriótica de Sevilla. Considero que es bueno recordar que Andalucía ha hecho esfuerzos notables para modernizarse desde hace siglos. A mitad del siglo XVIII, los ilustrados trataban de abrirse paso a pesar de tener unas escuelas lamentables, una universidad más simbólica que real, una Iglesia cuyo principal instrumento era la Inquisición, unas manufacturas basadas en la tradición y una aristocracia que despreciaba la iniciativa empresarial. Pocas de estas lacras han sobrevivido, quizá ninguna (¿o sí?), pero en aquella época Andalucía era la región más próspera del imperio y hoy es la penúltima comunidad autónoma del llamado estado español.

Nada sería más simple e injusto que culpar de ello a los gobernantes políticos y los regidores de las instituciones más representativas de la sociedad, pero todos, incluidos ellos, tenemos que apoyar cualquier iniciativa que suponga avanzar en la ciencia y la tecnología con el objetivo de equipararnos a los países más avanzados. Anclarnos en la autocomplacencia, el turismo, los ladrillos y las subvenciones nos irán retrotrayendo paulatinamente a una etapa anterior al siglo XVIII en relación a los demás. Síntomas de este anclaje surgen cotidianamente por doquier; esté el lector atento a ellos y rechácelos. A su vez, observe las iniciativas que complacerían a los antiguos ilustrados, que también surgen, y apóyelas decididamente. Ésa es la vía; ése es el auténtico valor del platino de Antonio de Ulloa.

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