de todo un poco

enrique / garcía-máiquez

Un soplo

CADA año tengo una cita con la salida procesional de mi cofradía. Y otra con ustedes, para contársela. No se preocupen: ningún año es igual, porque no lo es y porque, si lo fuese, nos quedaría Heráclito y su "nadie se baña dos veces en el mismo río". Mi percepción del tiempo, por ejemplo: con la edad, todo, incluso una procesión de ocho horas lentísimas, pasa volando. Y hace nada que la procesión se me hacía eterna.

Esta vez, como no andábamos, me sorprendió más que una aporía de Zenón que llegásemos a culminar el recorrido alguna vez. Mientras, en esa tarde inmóvil, todo transcurría a la velocidad de la luz. La oración, por supuesto, que me permitía recordar a los vivos y a los muertos, saltar del pasado al futuro, alabar, dar gracias y pedir, en una vertiginosa sucesión de avemarías, más trepidantes que una película de acción. La gente también rezaba. Muchos, al paso del paso, en vez de contemplarlo, blanden el gadget de turno -los hay de todos los tamaños y colores- y echan sus fotos o sacan sus vídeos, sí; pero otros tantos se levantan, se santiguan y animan a sus hijos a decir "guapa" a la Virgen, que es una forma pudorosa de decirlo uno, delegando.

Las imágenes se superponen. Yo miraba cómo, desde un lejano balcón, lanzaban puñados de pétalos de rosa al palio, y cómo en el aire esos pétalos se confundían con las perfumadas estrellas de una noche de Semana Santa particularmente limpia y tersa de tanta agua como lleva caída. Luego, al alcanzar la candelería, los pétalos se confundían con las llamas y, confundidos, ya no sabían si nunca estuvieron más altos. Con la música también se confundían.

Discute una niña con su hermano si la gran bola de ceras multicolores que habían reunido era un globo terráqueo (ella) o un balón de fútbol (él). Los mayores comentan partes meteorológicos. Abundan los novios, que se arrullan a la luz de la primera luna de primavera. Las novias de los costaleros pespuntean, pizpiretas, el recorrido arriba y abajo. La chavalería chisporretea alrededor de los cirios. Y los muchos enfermos, que salen bíblicamente a la orilla de la calle, a ver al Señor. Y la noche adentrándose, y un niño que pregunta nervioso a su madre, encantado de trasnochar: "Cuando pase la Virgen, ¿adónde vamos?". "¡A casa ya, sinvergüenza, que es tardísimo!" Y uno se da cuenta de golpe de que sí, vaya, y de que este año la procesión se le ha pasado en un soplo.

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