La izquierda blandiblú

Existe un problema en la política cuando los dirigentes en lugar de decir lo que piensan y ejercer un liderazgo social, se colocan a favor de viento. Es lo que unos llaman oportunismo y otros populismo, un mal que aqueja gravemente a España: quienes deben tomar las decisiones antes que reflexionar prefieren mirar las encuestas. A esta situación se le añade el hecho de que una parte importante de la izquierda española odia los símbolos del país que quieren gobernar y además se ven en la imposibilidad de alcanzar el gobierno a pesar de los numerosos escándalos de corrupción protagonizados por el PP. En estas circunstancias la izquierda no llega al gobierno y reacciona para derribar al gobierno a costa de lo que sea, incluido romper España. Una parte de la izquierda simpatiza con los independentistas catalanes como manera de darle una patada al PP y a Rajoy. Otra parte de la izquierda simpatiza con la ruptura de la soberanía nacional ante la falsa idea de la democracia, ese atropello a la razón que es el mantra de los sediciosos: poner una urna no puede ser delito, votar no puede ir contra la ley, el derecho internacional ampara la consulta. Mutatis mutandi: si yo pongo una urna en la plaza de San Juan de Dios para que la gente vote si quiere que José María González siga de alcalde y sale que no ¿se tiene que ir? Sí, ya sé que es una reducción al absurdo pero tiene la misma base argumental.

El caso es que falta una izquierda española sin miedo a reconocerse como tal. La soberanía nacional es el conjunto de los 45 millones de españoles, incluidos los 11 millones que votan a la izquierda. No se puede trocear. Toda esa monserga acomodaticia del choque de trenes y del siéntense a dialogar esconde una extraordinaria cobardía de quienes no quieren defender los derechos de todos los españoles. Prefieren reclamar esa majadería: hay que hacer política con mayúsculas. En una democracia si no se cumple la ley la primera obligación del gobernante es hacer que se cumpla por todos los medios democráticos que ofrece el Estado. Luego se pueden reformar las leyes por los procedimientos establecidos pero no se puede reclamar política como el que pide que no se cumpla la ley. Hasta que la izquierda se olvide de esos complejos y sea capaz de defender los intereses generales es difícil que pueda ganar unas elecciones. Hay dos millones de catalanes enfadados porque quieren la independencia. No pasa nada, somos 45 millones. Yo también estoy enfadado porque el Atleti no gana la Champions.

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