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Una vez los Reyes me trajeron un gato cojo. En serio. Sehabía perdido semanas atrás por las azoteas y pasamos días gritando su nombre, Scooby, que es nombre de perro, por todo el barrio. Abandonamos su búsqueda sin llegar a poner fotocopias de su foto en las farolas. Al fin y al cabo, el gato cojo era un gato callejero y había regresado a la calle. Esa mañana de Reyes, aún no se sabe cómo, junto a los regalos que habíamos envuelto de noche torpemente entre gin tonics, estaba Scooby, igual de cojo que cuando se fue pero envuelto en el hollín que había arrastrado de los coches y escuálido como una patinadora rusa. Miraba con un gesto de hola, qué tal y los chicos llegaron a la indubitable conclusión de que sí, los Reyes existen. Y traen gatos cojos. A los pocos días Scooby volvió a irse, nunca más apareció. Ahora cada 6 de enero le esperamos en el árbol por si los Reyes hacen una segunda demostración. De momento, no.
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