Su propio afán

Enrique García Máiquez

El carmonazo

CÓMO lamento ahora no haber seguido más de cerca las industrias y andanzas de Antonio Miguel Carmona. Ni su cara ni su porte ni sus resultados electorales permitían presagiar que estábamos ante un personaje de tragedia, como ha devenido. Parecía un hombre chato. Tampoco era ni lucido ni heroico su desempeño como asistente de su casi tocaya Carmena. Sin embargo, los últimos acontecimientos, su cese y, sobre todo, su pataleta clamando venganza, engrandecen su figura, al menos desde una óptica teatral. Si me permiten ponerme melodramático y metafórico diríamos que una vez que le han cortado la cabeza le hemos descubierto el perfil interesante.

Suele ocurrir. Lo que nos plantea la pregunta de si merece la pena ser interesante. León Tolstoi, nada menos, llegó a la conclusión de que las familias felices viven una historia anodina y en serie, mientras que las familias desgraciadas tienen garantizada la originalidad y, por tanto, su novelería. Esto lo matizaremos en su momento, pero lo indudable es que la familia del socialismo madrileño no es una familia bien avenida y, en consecuencia, depara bastante materia narrativa.

Esquilo dio un paso de gigante en la tragedia al introducir el segundo actor, y otro, al pasar de las grandes batallas contra enemigos (Los persas) a concentrarse en los dramas familiares (Los siete contra Tebas). Sófocles recogió, sabiamente, ambos guantes. Así, si a Carmona lo hubiese laminado Esperanza Aguirre (en el papel de persa), no tendría tanto morbo como el que lo hayan hecho por la espalda y con alevosía estival sus hermanos de Ferraz. Y ahora a ver cómo se revuelve.

O se disuelve, que es lo que me temo. Pero el interés ya está garantizado por delante. Sugiere Antonio Miguel Carmona que le ha costado el puesto su amistad con Tomás Gómez y con Juan Segovia. Y yo me pregunto si ambos se sintieron muy respaldados por su amigo Carmona cuando este obedecía ciegamente (como ha dejado caer ahora) las consignas del partido.

Que es otro aspecto suculento. El reconocimiento explícito de Carmona de su sumisión a las directrices del líder, hasta que éste, en pago, le defenestra. Otra de las asignaturas pendientes de nuestra democracia es entrar con luz y taquígrafos (o, más bien, con instrumental de espeleólogo) en los mecanismos internos de poder y obediencia de los partidos. Sería materia no ya para un Esquilo ni un Sófocles, sino para un Eurípides.

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