EL ALAMBIQUE

Pepe / Mendoza

Ese cadáver

SABEMOS que la fe mueve montañas, que mientras hay vida hay esperanza y que hay muertos que gozan de una salud de hierro. Los más fervorosos, incluso, se atreven a asegurar que, además del alma, también la carne, ese envoltorio débil y atrevido, gozará un día de la propina generosa de la resurrección. Sabemos todo eso y muchas cosas más, pero también nos han dicho que eso no sucederá, si sucede, hasta el final de los tiempos, así que mientras tanto, deberíamos aceptar, con resignación cristiana, que la vida es bella pero efímera.

Hay algunos, sin embargo, que creen que las evidencias también engañan y llevan casi un cuarto de siglo intentado reanimar un cadáver que ya huele a perros muertos. Si los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía, los delirios cutres y subvencionados desembocan, irremisiblemente, en el patetismo. Así que, por el bien de nuestra salud popular, deberíamos asumir, sin rasgarnos los disfraces, que el Carnaval portuense hace ya mucho que debería reposar en el patio de los calladitos. Sacar cada febrero en procesión el cadáver de ese anciano sabio y libertino, es un delito de profanación tipificado en el Código Penal, que impone pena de prisión a aquellos que falten al respeto debido a la memoria de los muertos. Ver ultrajados cada año los recuerdos musicados de los más viejos del lugar, pasear el sábado por la noche por el centro viendo fantasmas que se llaman a sí mismos poetas, contemplar ruborizados ese botellón itinerante (cabalgata, le llaman todavía), es, ciertamente, un espectáculo que deberíamos ahorrarnos, en el sentido más economicista del término.

Lo dramático no es que el Carnaval del Puerto haya muerto. Es ley de vida. Le enterramos, le damos laica sepultura y le rezamos un responso chirigotero en Cádiz, ciudad en la que vive su hermano mayor y en la que, allí sí, el ingenio es sublime sin interrupción. ¿No se mancomunan los servicios? Pues mancomunamos también las fiestas: ellos ponen las coplas en febrero y nosotros las copas en abril.

Lo dramático es ver a lo momia de Don Carnal vagar, cada año, como alma en pena, reclamando una muerte digna.

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