En tránsito

Eduardo Jordá

La bolsa de viaje

Aprimera hora de la mañana, me encuentro por la calle a un amigo juez. Camina arrastrando una gran bolsa de viaje, y le pregunto si se va de vacaciones. "¡Qué va! Me voy al juzgado -me explica el juez-. Yo me cojo las vacaciones en septiembre". Le señalo la enorme bolsa negra, que parece a punto de reventar, y entonces comprende mi extrañeza. "Es que aquí llevo las sentencias", me dice como si hablara de unas sobrinas huérfanas de las que le hubiera tocado hacerse cargo durante el verano (unas sobrinas a las que sin duda quiere, pero que le exigen muchos cuidados: son niñas celíacas, delicadas, exigentes, caprichosas, a las que hay que darles la sopa con la cuchara). Miro bien la bolsa negra, que tiene un vago aspecto funerario, y me pregunto cuánto pesarán las sentencias. El juez me adivina el pensamiento: "Hoy me has pillado con las sentencias que llevo firmadas desde casa. Así ahorro tiempo". Y sonríe. Por suerte, nunca ha perdido el humor.

Este amigo, que es además un gran lector, es juez de lo contencioso-administrativo. Con algunos de sus casos se podrían escribir varias novelas. Me cuenta que cinco jueces estuvieron reunidos una tarde entera para tomar una decisión sobre un recurso de una multa de tráfico de 180 euros. Me lo repite: cinco jueces, una multa de tráfico de 180 euros, un recurso, una tarde entera. Me cuenta otros casos, que no sé si podrían ser de una película de Berlanga o del Fernán-Gómez más gótico: un policía montado (de los que hacen guardias a caballo) que presenta un recurso porque le obligan a cambiar de caballo cuando tiene que salir de guardia (Juncoso se llamaba el caballo, que de momento aún no ha testificado, aunque al paso que va, quizá tengan que llamarlo a declarar, me dice el juez). También me habla de una reclamación por un cornetín que ha llevado un mes entero de trabajo. Y me cuenta cómo son las instrucciones para detener a los condenados con sentencia firme que están en libertad provisional. Al parecer, cuando se le notifica a alguien su orden de ingreso en la prisión, el juez debe tener en cuenta el bienestar del detenido, o sea que no se le puede notificar a una hora inoportuna o molesta. "¿Como la hora de la siesta?", pregunto. "Como la hora de la siesta", me confirma el juez.

Por lo que me cuenta, la situación de los juzgados es muy mala. "Lo raro es que no haya muchos más casos como el de Mari Luz", dice. La gente reclama y reclama, y las leyes son complicadísimas, y se pierde mucho tiempo en papeleos y en notificaciones y en la aplicación de unos reglamentos que exigirían, para poder llevarse a cabo, una legión de esclavos como los que tenía el imperio faraónico. ¿Cuál es el autor favorito de este juez devorador de libros? No, no es Kafka. Demasiado visto.

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