De poco un todo

enrique / garcía / mÁiquez /

Ultra vs. Auto

QUIZÁ haya que elegir: o autocríticos o ultracríticos. Esta semana España ha escogido lo de siempre: la ultracrítica. Y con razón. La gestión de la crisis del ébola está dejando bastante que desear y el escándalo de las tarjetas opacas de Caja Madrid resulta asqueroso y, para colmo, simbólico. Nuestras exquisitas clases dirigentes -de modo transversal, porque había consejeros de todos los partidos y catedráticos y sindicalistas- han estado trincando hasta extremos picarescos. Nos advierten, encima, que es sólo la punta del iceberg.

Sin embargo, echo de menos, entre tanto discurso indignado como uno oye, lee o practica, un mínimo de autocrítica. ¿Nos preguntamos hasta qué punto nosotros somos eficaces, diligentes, previsores, serios... antes de afear las torpezas de la ministra de Sanidad y de sus subalternos? ¿Y examinamos nuestra honestidad, sobriedad, transparencia, rectitud y desinterés... antes de arremeter contra caraduras y corruptos?

No vengo a defender a nadie, ojo. A mayor responsabilidad, más responsabilidad. A más gravedad de materia, mayores exigencias. No aspiro sino a que seamos, empezando por mí, más coherentes en nuestras justas rabias necesarias.

Como la autocrítica es esquiva (y escurridiza), propongo un método práctico. Se puede uno fijar en alguien cercano que critique la ineficacia o la indecencia y, mientras lo escucha, repasar su trayectoria. Es bastante probable que salten a la cara ciertos, digamos, desajustes, quizá pequeños, al tamaño de su desempeño. Como se le tiene cariño, el ejercicio estará exento de crueldad. Pero no hemos terminado, ni mucho menos. Vamos acercándonos a lo que nos importa: a uno mismo. Y cuántas sorpresas. Con dos ventajas: por ser nosotros, podemos corregirnos; y por ser nosotros, nuevamente, seremos, sin duda, mucho más comprensivos, menos ácidos. La autocrítica desactiva la ultracrítica, como mínimo en sus aristas y aspavientos.

Una vez hecho ese ejercicio de introspección personal, hay que volver a la carga de la vida pública, por supuesto, y exigir responsabilidades a los mangantes y a los obtusos. Si todos hiciésemos esa circunvalación personal previa, nos encontraríamos, oh sorpresa, que han desaparecido por ensalmo los males públicos, monstruos que produce el sueño de la conciencia individual. Aunque como para eso queda muchísimo (siendo optimistas), volvamos a la carga, sí, pero con los deberes hechos.

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