La cornucopia

Gonzalo Figueroa

¿Piratería Mozartiana?

Soy un fiel lector de las amenas y agudas columnas que Enric González publica en la sección Pantallas del diario El País. No obstante, llevo semanas rumiando una muda protesta por lo que afirmaba en la aparecida el 6 de noviembre del año pasado, donde se muestra, a mi juicio, inmerecidamente mordaz con la ministra de Cultura Ángeles González-Sinde.

Todo nace de unas declaraciones de aquélla que el columnista describe así: "La ministra…podría habérselo pensado un poco antes de poner a Mozart como ejemplo. La ministra defendió la actividad de la Sociedad General de Autores (SGAE) diciendo que Mozart vivió en la miseria por no cobrar derechos de autor. "Si los hubiera tenido, él y su familia habrían vivido mejor y él habría sido más libre para crear", dijo". Y el periodista continúa: "También es mala pata blandir para algo así al pobre Mozart, autor de uno de los actos de piratería intelectual más célebres de la historia. El asunto es bastante conocido. En el siglo XVIII, el Miserere mei, Deus de Gregorio Allegri (1582-1652) sólo se interpretaba en la basílica de San Pedro…Los Papas tenían la propiedad de la partitura y la guardaban…para preservar el misterio de la exquisita composición coral: su publicación estaba penada con la excomunión…En 1770, con 14 años, Mozart …escuchó el Miserere. A la salida, de memoria, reprodujo con exactitud la partitura…que al poco tiempo regaló su copia al historiador británico Charles Burney, quien en 1771 la publicó en Londres...".

Dicha anécdota es cierta y archi-sabida. Sin embargo, además de constituir un motivo de admiración la fabulosa capacidad musical de ese adolescente genial para reescribir de memoria una obra compleja y que desconocía, la historia que nos cuenta E. González como ejemplo de "piratería", constituyó, contrariamente, una hazaña que fue pública y notoria, ya que, una vez completada la partitura, la revisó Leopoldo Mozart, su padre, entregándola para una mejor comprobación a un notable músico italiano de ese tiempo, que afirmó no haber hallado "falta ni error en el texto". Y para mayor prueba de la conformidad papal, basta recordar que ese mismo año el Papa Clemente XIV le entregó personalmente a ese jovencísimo Wolfgang Mozart "la Orden de la Espuela de Oro en su primer grado…"(Arthur Hutchings, Mozart, Salvat Editores, 1985). Hablar de "piratería" para calificar esta juvenil y fascinante aventura musical mozartiana hace extremadamente injusta la crítica de González a la ministra de Cultura.

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