Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Ola de calor

COMO las frutas, que cada una tiene su tiempo, calentólogos y escépticos del calentamiento tienen sus estaciones: verano e invierno, respectivamente. La neutral primavera queda para los enamorados y los exámenes finales; y el templado otoño para los poetas y las castañas. En verano, los calentólogos hacen su agosto. Dependiendo del alarmismo particular, los comentarios van desde "Este calor no es normal" a "Vamos a morir todos". Lógico que el papa Francisco haya esperado a la estación que corre para sacar su encíclica, pues Su Santidad nos advierte del calentamiento. Es legítimo: yo mismo he aguardado a que refresque un poco para sacar este artículo sin quemar a ningún lector sensible.

En verano los escépticos callan mientras se abanican maquiavélicamente. Dentro de nada será diciembre y, cuando estemos pasando un frío que pele, que también hay olas polares, será su momento. Pondrán una media sonrisa tras la bufanda, preguntando: "¿Y los del calentamiento, eh, dónde estáis ahora, dónde?" La venganza es un plato que se sirve frío.

El clima se ha apoderado de nuestras conversaciones. Cierto que en Cádiz siempre hubo gran afición a conversar sobre los vientos, que si cae el levante, que si se levanta un poniente largo… Pero ahora hemos perdido la pura curiosidad de antaño y predomina la amenaza, la queja y el llanto. Hable el que hable está convencido, no ya del calor que hace, que antes era lo que se comentaba, sino del que hará en cincuenta años. Si ustedes recuerdan aquellos acalorados debates interminables acerca de si soplaba sureste o levante, me reconocerán que lo de ahora es de un dogmatismo férreo.

Para mí que estamos ante una versión meteorológica del "cualquier tiempo pasado fue mejor". En la memoria de la gente, el calor que pasaron va perdiendo grados, dulcificándose, mientras que el que sienten ahora les parece insufrible, insoportable. ¿Se acuerdan de aquellos veranos de los cortes de agua por la sequía, de jardines resecos, con la espalda achicharrada y la nariz pelada por un sol salvaje, cuando dormíamos en el suelo buscando el fresco del terrazo y la arena seca te había escaldado los pies? Yo apostaría a que hacía más calor entonces, pero puede que también me engañe mi perspectiva, porque soy un reaccionario. ¿Y si lo dejamos en tablas y acordamos que los veranos son así y tienen esto? Me comprometo a defender lo mismo cuando llegue el invierno.

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