Editorial

Musharraf deja un polvorín

LA salida de la escena política paquistaní del ya ex presidente Pervez Musharraf, después de nueve años de poder absoluto, es otra mala noticia para el presidente norteamericano, George Bush, que vive sus últimos meses en la Casa Blanca. Pero sobre todo se trata de un grave problema para su sucesor. Aunque las relaciones de Estados Unidos con Musharraf se habían enfriado en los últimos tiempos, su dimisión plantea un escenario imprevisible en un país acechado por el islamismo radical y que cuenta con armas nucleares. Musharraf, que durante años ayudó a los talibanes como una manera de desestabilizar al vecino Afganistán, dio un vuelco total a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y, desde esa fecha, se convirtió en el principal aliado de EEUU en la 'guerra contra el terrorismo' emprendida por Bush. Pero aunque son frecuentes los enfrentamientos entre militares paquistaníes y guerrilleros talibanes en la frontera común, la realidad es que la Administración norteamericana lleva un tiempo considerando que Pakistán no hace lo suficiente contra los terroristas. Su abandono del poder sucede, pues, en un momento de creciente tensión entre Islamabad y Washington, que todavía busca al hombre que pueda sustituir a Musharraf, tras haber apostado por la asesinada Benazir Bhutto. Estados Unidos exige de los nuevos dirigentes paquistaníes mayor implicación contra los integristas radicales pero Islamabad teme que la guerra contra el terrorismo, cada vez más impopular entre los paquistaníes, podría suponer una amenaza real para la estabilidad del país. Sin Musharraf, el hombre que admiraba de Napoleón su estilo directo y sin concesiones a la diplomacia y de Richard Nixon su capacidad de adaptación a las circunstancias, el futuro de una de las zonas más conflictivas del planeta es una incógnita. Justo en un momento en el que, como se pudo comprobar el martes con la muerte de los soldados franceses en Afganistán, la situación es extremadamente difícil y peligrosa.

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