Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Malentendidos

DURANTE unos minutos mi mujer y yo conversamos muy serios… de cosas distintas. Yo creía que hablábamos de Juego de tronos y ella de los berrinches de nuestro hijo pequeño. Cuando caímos en la cuenta, calculamos, con asombro, cuántas frases habíamos intercambiado con el error en el aire, como, cuando en la playa, jugando a las palas, contábamos los golpes seguidos.

A bote pronto sospecho que el matrimonio es el campo propicio para estos malentendidos, por la compenetración descompenetrada de los cónyuges. Pero se producen por todas partes. Son un clásico del teatro de humor, y supongo que estas interferencias tendrán un nombre técnico, ojalá que complicado, que les puso algún retórico alejandrino.

Viejos tratadistas literarios aparte, ¿los gurús políticos le dan la importancia esencial que tienen? Pensemos en el típico famoso forradísimo que apoya decididamente a Podemos, partido que hasta hace nada (quién sabe ahora) proponía expropiar la segunda vivienda y que tiene (el típico) más de quince casas de su propiedad en los mejores barrios de la capital. Parece probable que no haya leído el programa y que el partido y el famoso, a pesar de su idilio mediático, no estén hablando de lo mismo exactamente. Pasa lo mismo al nacionalista que nos contaba José Aguilar, enriqueciéndose a costa de deslocalizar multinacionales de su región. O cada vez que pescan escaqueando impuestos a un socialdemócrata convencido.

Mucha más trascendencia aún que estos llamativos casos particulares tiene cuando el malentendido se produce entre los votantes y el discurso del partido. Se vota con el sentimiento, por los colores, al líder, contra el otro, desde el hartazgo, según la inercia, tras una intuición, sin oír el programa ni sopesar cómo lo pondrán en práctica, que eso es -siempre- otra. Ocurre, por supuesto, con todos los partidos, pero el efecto sorpresa será mucho mayor con los nuevos grupos emergentes. Junto a los problemas de orden interno, es la gran debilidad de Podemos. Saldrá a la luz en cuanto toque el más mínimo poder y antes, incluso, como ya ha pasado con la idea de Begoña Gutiérrez, secretaria general en Sevilla, de prohibir, si acaso, la Semana Santa. Se ha montado un cirio. A los viejos partidos tampoco los escuchamos demasiado, no, pero a estas alturas los vemos venir de lejos. Nos hacemos menos ilusiones y nos llevamos menos desilusiones. Se va lo uno por lo otro.

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