Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

El Gordo

AVECES lo afirmo: "Yo haría un rico estupendo". En realidad, es una impertinencia implícita, porque la primera persona del singular induce a pensar que los demás no. Del matiz me doy cuenta un segundo después de soltar la frase, pero es tanta mi certeza que vuelve a escapárseme al rato. Un amigo me ha respondido: "Eso lo pensamos todos", y ahora no sé si todos piensan que yo haría un gran papel de rico, como sería lógico, o que todos piensan que cada uno haría un rico perfecto, como sería natural.

Son los pensamientos y las conversaciones que propicia la lotería de Navidad. Todo lo cual desafía los mínimos cálculos por múltiples motivos. Empezando por el más optimista: sorteos y premios hay todo el año y, sin embargo, esta fiebre colectiva se produce ahora. Además, las probabilidades de que toque algo sustancioso son irrisorias. Jamás tantos hablamos tanto de una posibilidad tan remota. Y, sobre todo, hay un ligero malentendido de fondo. Cierto que un décimo del gordo nos sacaría de pobres, a Dios gracias, pero no de la clase media. Ser rico es otra cosa, sólo al alcance de las grandes fortunas y del bote del Euromillón, si acaso. De este hecho arranca la mala uva del anuncio de la Primitiva sobre "los sueños pequeños", que a lo tonto arremete contra los sorteos de premios más repartidos. El célebre anuncio de este año de la lotería de Navidad es apenas un contraataque. Pone el énfasis en la sentimentalidad del barrio y en compartir el premio, subrayando lo que decía antes: que nos sacará de pobres y es bastante.

El secreto para hacer un buen rico (el mío, se entiende, que es el que tengo para compartir) es que vale que un premio nos saque de algo, pero no que nos meta en ningún sitio. Esto es, que rico en el fondo hay que serlo ya. Si uno aspira a cambiar demasiado de vida, hará un rico raro, nuevo. Hay que aspirar a seguir más o menos igual, aunque con más holgura. Algunos ligeros cambios circunstanciales, por supuesto, pero que contribuyan a afianzar nuestra vida, no a darle la vuelta como a un calcetín (usado).

Es esencial un previo entrenamiento. Hagamos una lista de aquellas cosas que no cambiaremos por nada: amores, amigos, aficiones, ambiciones, ambiente… (¡y todo eso sin salir aún de la a!). Teniéndolo claro, ya podemos atender a la cantinela de los niños de San Ildefonso con la seguridad y la esperanza de que todos haremos unos ricos espléndidos.

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