EL ALAMBIQUE

Enrique / Alcina

Exhibicionismo

EL Puerto siempre fue un poco exhibicionista. Ahí donde lo ven, aparentemente discreto, elegante y pinturero, cuando pierde los papeles o se suelta la melena o se lanza a la piscina, hay que ponerse en guardia. Con motivo de la corrida interruptus del siglo, asociada en el tiempo y en el espacio sideral con otras escandaleras sociales o políticas vinculadas a la escasamente noble y más bien traicionera ciudad ribereña, se han rasgado algunas vestiduras. Demasiado rollazo mediático, demasiado paripé, El Puerto en el corazón, El Puerto en las vísceras, la dignidad en entredicho, la vida en vilo, el qué dirán por delante del qué pensarán. Como si viera fantasmas por todas partes, El Puerto se psicoanaliza a cada momento, ¿doctor, qué me pasa?, y busca explicaciones hasta en el movimiento marino de las piedras más sigilosas. Le afecta mucho la vergüenza ajena a El Puerto, lo que antes se excusaba con prestigio hoy se busca a través de la fama. Y para fama, la de El Puerto. Hemerotecas y memorias personales entresacan al tuntún varios episodios del pasado remoto, siglo pasado mismamente, para demostrar que nada es nuevo y que nadie es mejor que nadie y que el sol no distingue colores: los achicharra. Décadas presuntamente prodigiosa, cuando aún citaban como ejemplo a Marbella, ¿ejemplo de vámonos que nos vamos? En El Puerto, por donde estos días pasó el Rey de puntillas, hospedándose en casa de un amigo en Vistahermosa, se citan desde siempre embaucadores y malandrines, juglares y adalides de la actualidad. La pornodiputada Ciciolina suspendió su sexy show por falta de público, el ministro Solchaga se arrojaba al agua de Las Redes medio ciego "animado" por un mercenario de Ruiz-Mateos, Julio Iglesias se cabreaba con la presencia de un doble clavaíto, los paparazzis que hoy reinan en la tele hacían sus primeros pinitos a costa de la costa malaya, de Málaga a Ayamonte, trinconcetes y cortadillos a punta pala, el show debe continuar, y vaya si lo hizo. Algunas cosas no han cambiado. Algunas personas, tampoco. El Puerto, encantador y paradójico, gasta el paisaje de tanto mirar, pierde fuerza por la boca, gana mucho en las distancias cortas, sufre en sus carnes el ego del mundo.

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