La gracia que me hizo Esperanza Aguirre cuando la conocí ha atravesado el tiempo. Hace muchos años, en calidad -como se dice- de poeta, fui invitado a un acto con los Reyes al que asistía también la flamante (o flameante) ministra de Cultura, a la que ya desde el principio querían mandar a la hoguera por algunas sonadas meteduras de pata de poca monta. A la entrada me regalaron varios libros y catálogos. Cuando, dentro, me presentaron como poeta a la Sr. Ministra, ella, mirando los volúmenes bajo el brazo, exclamó: "¡Ah, qué bien, ¿y ésos son tus libros?". Di una carcajada y recordé a César Fernández Moreno, que en su libro Argentino hasta la muerte asegura que, si ves a un poeta con un libro, es el suyo. Luego, al enterarse de que yo era del Puerto de Santa María, hicimos un largo aparte y charlamos de conocidos comunes y de veraneantes, como si en la playa. No me pareció tan frívolo como parece, porque, por un lado, ella se evitaba, como buena liberal, que le pidiese subvenciones, becas y premios, como se espera de un poeta en acto oficial; y, por otro, apoyaba mi convicción de que la cultura no puede estar lejos de la vida y de la vida más corriente, para más señas.

Aquella simpatía ha permanecido, aunque empañada por la de veces que Esperanza ha amagado con una regeneración ideológica en el PP, y no ha dado. Cuando Rajoy invitó a los liberales a irse, ella tendría que haber cogido puerta, y otras veces que su partido tomó derroteros extraños. Siempre destensaba la cuerda en el último momento y, al final, acabé sospechando que alguien tan aguerrido como Aguirre tenía un miedo cerval al frío que hace fuera de las siglas.

Cuando aquí no dimiten ni imputados ni mentirosos fehacientes (como Rita Maestre), el gesto de Aguirre es raro y digno de encomio. La responsabilidad in vigilando, sin embargo, no es mi tipo favorito. Por cuatro razones: parece abocarnos a todos a ser grandes hermanos de todos; desincentiva la delegación; diluye la responsabilidad de cada mayor de edad en su parcela; y esconde una vulneración de la presunción de inocencia, en cuanto que implícitamente se asocia la dimisión a la complicidad y el encubrimiento.

Lo que no quita para que comprenda y aplauda ésta. E incluso le encuentre un regusto de justicia poética. ¿Qué error más coherente en una liberal que laissez faire, laissez passer hasta terminar pasándose y hacer un pan con unas tortas?

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