Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Elogio de las cenas benéficas

EMPIEZA la temporada de cenas benéficas. Desabróchense los cinturones. Hoy, en Las Redes del Puerto celebran la suya Marta Rubio y Rafa Sánchez de Lamadrid a beneficio de la asociación Adiscon que, con la Pablo Ugarte, sostiene las investigaciones sobre una enfermedad rara entre las raras, la Anemia Diseritropoyética Congénita. Yo iría (de hecho, voy, pero ustedes ya me entienden). Y vienen muchas otras cenas por motivos igual de loables. Hay que reservar las fechas en la agenda.

Las cenas benéficas y los rastrillos vienen soportando cierto desdén desde los 60. ¿Recuerdan ustedes la dama-dama de la cantautora Cecilia, tan asidua a los tés de caridad, siendo, como era, un elemento de cuidado? Pero cuidado hay que tener también con las denuncias de hipocresía. Pretenden purificar la intención y suelen acabar con el propósito. Las damas se seguirán reuniendo para tomar té, pero ya sin recolectar para fines benéficos, por evitar las malas lenguas de las almas puras. No serán hipócritas, no, mientras lo benéfico pierde su parte.

Hay que reconocer que esas cenas tienen su lado caricaturizable. Todos tan entretenidos por una buena causa, incluso, a veces, para luchar contra el hambre… ¿No sería mejor entregar íntegro el precio del cubierto? Sin duda, pero, ¡cuidado!, la mayoría de los asistentes ya dedican lo que pueden a organizaciones benéficas, y cenar hay que cenar. En estos eventos, bien visto, no dedica uno a la caridad lo que se va en cenar, sino que es lo que uno dedica a cenar lo que acaba ayudando.

Y detrás hay un trabajo muy serio. De los organizadores, inmenso. Pero incluso los asistentes tienen que ponerse a comprar y a vender entradas como locos y papeletas de la tómbola. Entonces se descubre que, en efecto, todos tenemos muchos amigos, pero tenemos los mismos todos. Y más rápidos. Llames a quien llames, alguien le vendió ya la entrada.

No hay que exagerar esos esfuerzos ni para excusarse. Primero, porque no hay nada que excusar cuando, a fin de cuentas, se recoge un dinero que ayuda mucho a quien lo necesita muchísimo. Y, además, porque eso nos distraería de la metáfora fundamental de las cenas benéficas. Se puede, se debe, se tiene que pasar muy bien luchando contra la enfermedad, contra la pobreza, contra la droga. La tristeza o el aburrimiento no son atributos de la bondad. Con cenas algunas veces y sin ellas el resto del año, la caridad es una fiesta.

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