De poco un todo

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Cohibas cohibidos

ESTÁ dando mucho juego Arias Cañete, su presupuesta superioridad intelectual y su supuesto machismo a cuenta del debate con Valenciano. Muchas bromas en Twitter tienen su gracia y están logrando animar una campaña sin gas, que languidecía. Tras el gol en propia puerta ¡y de caño! de Cañete, despierta nuestra curiosidad ver qué se les ocurre a sus asesores, si se les ocurre, para revertir la situación. Sobreactuar no debe, porque nos traería inmediatamente a la memoria otra vez el comentario, pero no puede encogerse de hombros (o de hombres), porque no le queda tiempo para echar mano del arma rajoyana por excelencia: la pasividad.

Arias Cañete, hasta donde alcanzo, no es machista, o lo es light, como ayer explicaba con finura José Aguilar. Sí es oportunista y teatrero como cualquier político en campaña. Apostaría a que fueron sus asesores de imagen los que, con esos aires de inteligencia extrema que da estar tan sobradamente pagado y con la obsequiosa adulación consiguiente y paralela, le dijeron que cuidase, oh, Miguel, su superioridad intelectual, no fuese a dar una imagen machista. No porque sea superior a todas las mujeres, sino porque lo es a Elena Valenciano y ella da la casualidad de que es una chica y Arias, un señor con barba. Él se lo creyó y lo hizo. El resultado fue que perdió o no ganó el debate y, al día siguiente, con el orondo orgullo herido, se le escapó la estrategia de sus asesores, a los que, consciente o inconscientemente, culpaba del fiasco (que así, de paso, reconocía, como ha visto Ignacio Martínez en estas páginas).

Si disculpo a Arias de machista, lo culpo de algo muy pepero: de maricomplejines, en versión machicomplejines. Qué miedo tienen de ser lo que son. Hasta los puros que se fuma Mariano son vergonzantes. Esto produce efectos devastadores en los discursos del PP, como es natural, porque los primeros que no están convencidos ni seguros son los que los recitan. Ese tic tan de Javier Arenas, pero tan repetido entre los suyos, de repetir la repetida frase nace, con gran probabilidad y descartada la dislexia, de ahí. Lo clavó el poeta Aquilino Duque: "Solo quien miente insiste". Afecta al dicho y afecta, luego, al hecho. De la oratoria insegura pasan a los hechos inexistentes o, como mucho, temerosos y cohibidos. Tras tantos disimulos y fingimientos, al final quedan peor de lo que son, como le ha sucedido a Cañete, y sin remedio.

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