Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Ataques de cuerno

EL último en enterarse es el engañado, los políticos lo saben de sobra, por oficio, y eso hace que no puedan evitar la mosca detrás de la oreja. Ahora hay muchas más moscas que venados, aunque habrá venados. Las moscas están, tras las orejas, temiéndose que cualquiera le ponga los cuernos a cualquiera con cualquiera. El único lugar donde no hay moscas es tras la oreja de Rajoy, que no se ha expuesto a que nadie puede ponerle ningún cuerno. Lo estará disfrutando, porque cualquier engaño vendrá a cargar de razón su prudencia petrificada.

Ciudadanos teme que el PSOE se la termine dando con Podemos. Podemos que el PSOE no se la dé de una vez a Ciudadanos. Iglesias, que Sánchez se la dé con queso de Felipe González. Puigdemont se ve corneado por Junqueras. Y el PSOE, de un modo más dramático, teme los autocuernos, ya sean por el pitón ultraizquierdo (que se lo meta Sánchez al comité federal) o por el otro (que la espontánea Susana se eche al fin al ruedo por derecho) o que le echen los mansos a Sánchez por embestir a todas las líneas rojas.

Imagino a los spin doctors de los partidos estudiando cómo vender, ahora que asoman los cuernos de nuevas elecciones, los suyos como si fuesen de rinoceronte, cuyo precio está por las nubes. Hay que despertar la solidaridad del electorado, pero sin dar lástima. Un equilibrio complicado. Tienen que afearlo al infiel, pero no pasarse para que no parecer presos de un ataque histérico. Y aguantar el chaparrón de las risas de los demás, particularmente de Rajoy.

Una infidelidad de Sánchez al comité federal siempre pueden hacérsela pagar con votos socialistas que se pierdan por el camino. Sería un clásico: la venganza en la partición del patrimonio. El que tiene más complicado salir airoso es Rivera, que ha de evitar a toda costa la cara de tonto útil. Le recomendaría el método Borges, esto es, sostener que él pensó muy bien del PSOE y que ahora el error no es suyo sino de quien traicionara un pacto que era bueno, etc. Contando con la división interna entre los socialistas y con los índices de rechazo que Podemos y los nacionalismos despiertan transversalmente, quizá esos cuernos se percibiesen como la corona de quien no quiso bailarles el agua.

Lo que está claro es que la cuestión de los pactos se estaba alargando, enredando y cursificando tanto que tenía que terminar en un culebrón. Venezolano, en vista de la financiación de algunos.

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