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Crónica personal

Pilar Cernuda

Asesinatos en serie

CUATRO en un día, casi veinte en lo que va de año. Una mujer es agredida mortalmente por su marido, pareja, ex marido o ex pareja cada tres días, en un suma y sigue estremecedor que convierte la llamada "violencia de género" -horroroso nombre- en una cadena desgraciada de asesinatos en serie.

Cuatro en un día. Los medios de comunicación relegaban a páginas secundarias o a los minutos centrales de los telediarios las agresiones a mujeres por parte de sus maridos, porque al ser tan habituales dejaban de ser noticia. Es lo que ocurría en los años setenta y ochenta con los atentados de ETA, eran tantas y tan continuas que apenas llamaban la atención, lo que provocó en la banda terrorista la idea de masificar su barbarie. Cuatro mujeres en un día, casi veinte en lo que va de año, obligan a reflexionar sobre la eficacia de la justicia en esta materia, la eficacia de las medidas preventivas y, lo más grave, la eficacia de las medidas de protección.

No se puede poner escolta a todas y cada una de las mujeres que presentan denuncia de agresiones, pero la tecnología permite colocar dispositivos electrónicos a los agresores de manera que la policía y la guardia civil, o las policías autonómicas, reciben aviso cuando vulnera la orden de alejamiento. Es una vergüenza que los asesinos de las mujeres fallecidas este martes estuvieran sometidos a una orden de alejamiento. Cuando un juez o un tribunal toma una decisión de ese tipo es porque entiende que existe una situación de riesgo, de peligro máximo, y el Gobierno está obligado a que se cumpla esa orden, así como a proteger a las mujeres amenazadas. De nada vale que los ministros, con Fernández de la Vega a la cabeza, insistan en la preocupación del equipo de Zapatero por las cuestiones relacionadas con la violencia contra las mujeres o niños: es poco creíble esa preocupación cuando no se toman medidas eficaces para solucionarlas.

Se han hecho esfuerzos importantes, hay que reconocerlo, pero es evidente que no son suficientes. Quizá había que replantearse si es necesario costear determinadas iniciativas que afectan a muy pocos, en lugar de dotar con más medios a un colectivo, el de mujeres maltratadas, que desgraciadamente es multitud. Fallan también los programas de educación, de concienciación, para hacer comprender a las personas que el uso de la fuerza para resolver conflictos personales es una bajeza, que jamás se puede perder el respeto a nadie, ni siquiera en situaciones límite y, algo fundamental, que la mujer es igual al hombre y en ningún caso, nunca, se le puede exigir sometimiento.

Están fallando los mecanismos de una ley en la que se ponían todas las esperanzas, una ley para pelear contra la violencia y contra el trato humillante a infinidad de mujeres en España. Es necesario revisarla, mejorarla y, sobre todo, dotarla de medios.

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