Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

La Araña Negra

LAS 27 cartas que el príncipe Carlos escribió a Tony Blair y a miembros destacados de su gobierno han sido, por fin, publicadas, tras una batalla legal que ha durado lo que la guerra de Troya: diez años. Tratándose de un pleito entre el periódico The Guardian ­-que estaba a favor de la publicidad- y los altos poderes del Estado -que preferían que no-, podemos celebrarlo como un triunfo de la libertad de información. Una sentencia anti-mordaza, digamos, ha vencido al fiscal general, a la Casa del Príncipe, a Blair y a Cameron.

Yo lo celebro, sobre todo, por cuestiones de fondo. El contenido de las cartas ha sido tildado de extravagante, tanto que los ingleses, siempre a favor de echarse unas risas, las han llamado "El Memorándum de La Araña Negra", como si de una novela de sir Arthur Conan Doyle se tratase. Inquietan al príncipe Carlos la suerte de los tejones, el bienestar de la merluza negra de la Patagonia, el futuro del albatros… Aunque no todo es naturaleza y también le preocupan las dietas de los hospitales y los colegios, la seguridad de los helicópteros militares o los abusos de poder de los supermercados con los granjeros. Admiro profundamente la vastedad de intereses del heredero de la Corona británica. Si yo fuese el poeta laureado, haría una oda a su inquietud sin límites.

Los partidarios de no publicar las cartas sostenían que ponían en peligro la imagen de exquisita neutralidad constitucional de la Corona. Puede ser. El problema es que la mera existencia es partidista. No hay nada menos neutro que la vida. Los mínimos gestos, la ropa escogida, la ausencia o la presencia de la reina o del rey en un concierto son analizados en España con lupa. ¿No es mejor que se asuma el riesgo y que la influencia sea consciente y sopesada, por escrito?

Mi simpatía también puede deberse, no lo niego, a cierto corporativismo. El columnista tiene que abrir su abanico de temas hasta extremos patagónicos. Escribir del albatros un día y al siguiente de los comedores escolares. Con todo, la lección del príncipe es impagable y general, para todos. Si el pueblo, como sostiene la Constitución es soberano o debería serlo, tendrá que forjarse una opinión sobre lo humano y lo divino, y fundamentarla y defenderla. Es un privilegio poder aprender de primera mano de quien lleva toda la vida y un montón de siglos, por la vía de la sangre, preparándose para ser, justamente, soberano.

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