de poco un todo

Enrique García-Máiquez /

Alergia a España

A la generación del 98 le dolía España. Ahora, ¿duele? Qué va, contestarán casi todos, encogiéndose de hombros. ¿Pica al menos? Pica poco, en general. Y el dolor era una buena señal. A partir de cierta edad, nos dicen para animarnos, si te levantas por las mañanas y no te duele nada, estás muerto. ¿Estará muerta esta España indolora, insípida e incolora, aunque oliendo algo, como Dinamarca, a podrido? Quizá la constante vital que le queda a España sea la manía cerril que le tienen los nacionalistas, los únicos que a estas alturas se llenan la boca con su nombre. A ellos, cómo les pica y les duele España, menos mal.

Se les amontonan los sarpullidos estos días. Arzalluz ha ido a Gara a declarar, orondo y satisfecho, que "esta guerra la ha perdido España", nada menos. Más: Mas ha achacado a España la mala imagen de Cataluña, y ha lamentado que pertenecer al Estado español les perjudique tanto, y que sería distinto si fuesen alemanes. Todavía más: Carod-Rovira ha notado que los indignados de Barcelona no hablaban en catalán y les ha pedido que antes de montar follón miren bien el mapa, o sea, lo mismo que les pidió a los de ETA. (Se pasa el día suplicando este Carod-Rovira).

El disparate total de ese ramillete de declaraciones no hace falta explicarlo a nadie. Tampoco el lacerante conflicto interior de quienes nacieron y son sin remedio algo que detestan con todas sus ganas. Esto lo dejó sentenciado Antonio Machado: "De aquellos que se dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etc., antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse".

Pero fíjense cómo arrecian y con cuánta arrogancia las críticas, las desafecciones y los insultos a España ahora, cuando el país está sumido en una grave crisis económica, política, institucional y moral. Es una constante histórica de nuestros nacionalismos: cuando parece que todo se hunde, abandonan los primeros el barco.

Nos hacen así varios favores. No el de irse ellos, que no se irán, ay, sino el de recordarnos con su alergia constante la existencia de España, y su nombre a todas horas, su peso, su valor; y a la vez, el de alertarnos sobre la crisis hondísima que nuestra nación discutible y discutida atraviesa en todos los órdenes. Eso no debilita nuestro patriotismo, quiero decir el mío, que el de usted no sé. Lo reaviva. Como vino a decir el poeta polaco Adam Mickiewicz, en momentos en que Polonia estaba incluso peor que España hoy, un país es como la salud, que se valora sobre todo cuando se ha perdido, o se está a punto, añadiría yo. La España actual -ponga uno los ojos, como Quevedo, donde los ponga- no resulta, siendo razonables, muy atractiva, pero eso es una razón para quererla con locura, haciendo buena la frase famosa: "Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite".

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