Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

Ahora, hacia el lado

REMATEMOS una trilogía de artículos sobre el paso atrás de Rajoy. Ya hemos hecho dos columnas analíticas, una mirándolo dentro de la melé; la otra, imaginándolo visto desde fuera de nuestras fronteras. Rajoy ha ganado tiempo, espacio e iniciativa; y los rivales y críticos, que sólo son capaces de mostrar su rabieta, son otra demostración más.

El tercer artículo tiene que ser prospectivo. Ya sabemos qué ha ganado; hay que preguntarse ¿para qué? Podemos hacerlo con la imagen de la poeta Blanca Varela: "Digamos que ganaste la carrera / y que el premio / era otra carrera". Porque la verdadera cuestión ahora es la de si la habilidad correosa de Rajoy se agota en un acendrado instinto de supervivencia o si ese instinto está al servicio de su sentido de Estado.

Si hubiese recibido una definitiva paliza parlamentaria, que es lo que sus enemigos le reprochan que haya evitado, entonces a Rajoy no le quedaría margen para el sentido de Estado. Un cadáver no se sacrifica ni nadie se puede ir noblemente de donde le han echado a patadas. Pero habiendo esquivado la expulsión y habiendo depositado la patata caliente (¡ardiendo!) en manos de su rival, sí puede ejercer una iniciativa que tenía perdida.

Aprovechando su recuperada posición, tendría que ofrecer de inmediato un pacto de gobierno por el que incluso estaría dispuesto, tras el paso atrás, a darlo al lado. Dar un paso atrás para luego pegarlo adelante te deja clavado en el mismo sitio. En cambio, si ofreciese una gran coalición con unas reformas de consenso y una defensa unitaria de la Constitución y de España, poniendo por delante su disposición al sacrificio personal, ninguno de los otros dos partidos constitucionalistas podría negarse. O no podría hacerlo sin un coste de coherencia interna y electoral altísimo, inasumible.

A menudo he sido crítico con Rajoy, aunque también le he reconocido sus aciertos, como la previsión de dejar aprobados los Presupuestos Generales, menos mal, o este movimiento de cintura, que ha descolocado a todos. Si ahora rematase con un acto de grandeza política, me pasaría como con Ruiz Gallardón, con el que fui tan ácido, pero del que admiro la integridad de su dimisión. De la política todos se van antes o después. Marcharse prestando un gran servicio es un privilegio. Sería incluso estéticamente hermoso: salvarse para poder sacrificarse. Si no, quizá Rajoy se haya escurrido esta vez para nada.

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