Trotski pasea por la calle Ancha

  • El revolucionario ruso estuvo confinado en Cádiz durante 37 días hará en noviembre cien años La Biblioteca Provincial conserva las 20 papeletas que rellenó para solicitar los ocho libros que consultaba

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Y observa. Y toma nota. Ese extranjero que pasea por las calles de Cádiz escribe sus impresiones acerca de la ciudad en la que ha sido confinado por el Gobierno español. Sentado en un café, hace un poco de estadística social: en media hora, dice, unos chicos le han ofrecido doce veces el periódico; cuatro hombres le asedian con lotería; tres pordioseros le piden limosna; tres vendedores ambulantes quieren que compre cangrejos cocidos; otros dos, unos dulces "misteriosos"; si los numerosos limpiabotas no se le acercan es porque uno ya estaba lustrándole los zapatos en cuanto pisó el local.

Transcurre el otoño de 1916. La Gran Guerra que desangra Europa dura ya dos años. Cádiz, como otras poblaciones de la neutral España, afronta una crisis que solivianta al personal: los comestibles, los productos básicos de la cesta de la compra, marcan precios inalcanzables para muchos. El problema de las subsistencias, le llaman, está presente a diario en la prensa local. Ese paseante observador que describe cómo se busca la vida el pueblo es Leon Trotski. Faltan unos meses para que comiencen los acontecimientos que lo situarán en la Historia. Vigilado muy de cerca por policías, llega a Cádiz el 14 de noviembre de 1916 y permanece en la ciudad poco más de un mes. Están a punto de cumplirse cien años de esa estancia.

Trotski procedía de Madrid, ciudad a la que llegó tras ser expulsado de Francia por editar un periódico que hacía campaña contra la guerra. En Madrid lo habían detenido y encarcelado y luego enviado a Cádiz. Un día antes de su llegada, Diario de Cádiz lo explicó en cinco líneas: Broustein Trotzoi, dice la noticia, es un peligroso anarquista ruso que está en prisión; varios ácratas españoles gestionan con Romanones (que preside el Gobierno) la libertad de ese detenido, que ha sido expulsado de varios países por realizar propaganda pacifista. Así lo veían: un peligroso pacifista.

A salvo de un repaso más minucioso, un recorrido por las páginas de Diario de Cádiz en todos esos días que Trotski pasó en la ciudad sólo aporta otra noticia que lo nombra. Es un breve, en la edición de la tarde del 15 de noviembre. Romanones cede a las presiones, excarcela al revolucionario ruso y lo envía al Sur. "Dicho individuo ha llegado ayer a Cádiz, acompañado y vigilado por dos agentes de la policía. En esta capital se encuentra en libertad, hospedado en una fonda, y la policía lo vigila, según rumores".

Trotski escribió sobre esa estancia en España. Mis peripecias en España, se titula el libro en el que relata cómo en Cádiz se hospedó en la fonda La Cubana o Cuba. Días después, tras recibir dinero que alguien le envió desde Madrid, se trasladó al hotel Roma, uno de los mejores de la ciudad. No era el que con ese mismo nombre hubo después junto al actual palacio de la Diputación. El hotel Roma que acogió a Trotski se encontraba en el número 11 de la calle Buenos Aires. Pocos años antes, su dueña, Araceli Zalabardo, explicaba en Diario de Cádiz las reformas que había afrontado para alojar a 60 de los invitados oficiales que acudieron a la ciudad a celebrar el centenario de la Constitución de 1812.

El Gobierno no envió a Trotski a Cádiz para que se quedase allí disfrutando de la brisa suave que pone nerviosas a las palmeras, del mar opaco, del crepúsculo plomizo que cae sobre las casas blancas con techos planos. "¡Una ciudad mora!", escribe después, cuando pasea por las tardes, cuando ha logrado evitar que lo metan, nada más llegar, en el primer barco que lo lleve bien lejos.

El gobernador intentó que Trotski embarcase en el vapor Antonio López, rumbo a La Habana. En ese barco viajaban el marqués de Prado Ameno, el opulento banquero Emeterio Zorrilla y El Camisero, antiguo matador de toros, se lee en Diario de Cádiz. Pero muchos de los 350 pasajeros, anota el periódico, eran trabajadores que iban a Cuba, "hacia donde aumenta la emigración española porque allí hay mucho trabajo y se pagan jornales crecidos". Trotski remitió telegramas a Madrid, pidió ayuda y consiguió quedarse en tierra.

Es entonces cuando durante unas semanas, mientras planea cómo salir de España y hacia dónde, pasea por la ciudad, va al cine y al nuevo Gran Teatro, acude a los cafés y se convierte en asiduo visitante de la Biblioteca Provincial. Trotski descubre en esas jornadas el reflejo de un país sumido en la crisis. "Calles mal cuidadas", escribe. "Olores de España (aceite, comidas picantes), balcones, ancianos dormitando en los bancos, gran número de barberos y limpiabotas, mujeres en el umbral de la puerta, mujeres en los balcones, soldados, guitarras, juego de dominó en los talleres, mucha pobretería indolente -aplastada por el calor- muchos colores, mucho ruido. He recorrido -¡solo! [sin el policía que siempre lo acompaña]- el barrio antiguo de la ciudad, con calles estrechas, con un olor que os persigue por todas partes, de aceite, vino, ajo y pobreza humana".

Dos días antes de que Trotski llegue a Cádiz, las sociedades obreras han celebrado un mitin en el teatro del Parque Genovés "para tratar de la carestía y del problema de las subsistencias", explica Diario de Cádiz, que dedica un amplio espacio a la noticia. Un asistente ha leído una carta del doctor Gómez Plana. No están ustedes solos, les dice el médico republicano. En este "pavoroso problema del hambre" les acompaña la mayor parte de la sociedad. Es un problema, añade, sostenido por "la codicia" y por quienes "no tienen más Dios que su bolsa, más patria que su egoísmo, ni más sentido de la humanidad que la magnitud de sus negocios".

La situación es verdaderamente difícil. El corresponsal del periódico en San Fernando escribe que allí se ha llegado a tal extremo en la carestía de los artículos de primera necesidad, que "se hace imposible la vida, muy principalmente a las clases media y obrera". Pone un ejemplo: el par de huevos se cotiza a 60 y 70 céntimos. "Han tenido que suprimirlos de su alimentación no pocas familias", anota. Y a continuación, un lamento que es también un diagnóstico certero: "Aquí nadie se preocupa de esta anormalidad para ponerle coto".

Trotski no es ajeno a esa penuria y la describe. No le pasa inadvertida cuando recorre las calles de la ciudad. Menciona también los negocios turbios, grandes y pequeños, que se hacen a la sombra de la guerra. Y en la calle Ancha, entonces del Duque de Tetuán, le llaman la atención muchos establecimientos "un tanto extraños". Ve en ellos sólidos muebles tapizados de cuero, mesitas con periódicos, mesas con tapete verde... Los círculos recreativos y casinos le parecen "distinguidos garitos de juego". Trotski ve las señas de una sociedad desigual. Pero eso sí: él vive en Cádiz al margen de las carencias. Se aloja en la zona confortable.

El 20 de noviembre, lunes, Trotski visita por primera vez la Biblioteca Provincial. La encuentra, escribe, en "un viejo edificio de fríos y mohosos escalones, entarimados, deslustrados y sin sol ni lectores". Han pasado seis días desde que arribó a Cádiz, ha esquivado el barco en el que el Gobierno quería expulsarlo y dispone de tiempo hasta encontrar una salida que le convenga. La biblioteca conserva las 20 papeletas que Trotski usó para solicitar los ocho libros que consultó. Ahí está, cien años después, su letra de trazos certeros que cumple una de las condiciones para demandar obras, expuestas al dorso de la papeleta: que los claros los rellene el lector y los suscriba con su firma en caracteres legibles.

El primer día, Trotski pide los tres tomos de Tableau de l'Espagne Moderne, un libro de viajes por tierras españolas escrito por el diplomático francés Jean-François Bourgoing. Parece una señal que envía la Historia, un mensaje que hoy quiere recordarnos algo sobre este país. Ese libro fue publicado en París en 1807 y obtuvo un gran éxito: fue traducido a la mayor parte de los idiomas europeos pero en España fue prohibido por la Inquisición. En los años 40, un intelectual franquista lo tradujo de manera sesgada: masacró la obra original, eliminó las referencias negativas a la Iglesia y las críticas a la monarquía absolutista y al mal reparto de tierras en Andalucía. El libro no fue traducido completo al castellano hasta hace cuatro años, cuando lo editó el profesor de la Universidad de Alicante Emilio Soler.

"La historia de la biblioteca", escribe Trotski, "parece que terminó con el primer cuarto del siglo pasado. El número de los libros más recientes es insignificante. No hay casi nada de los últimos diez o veinte años, excepción hecha del Boletín Oficial de Estadística; y éste no está completo. En cambio, hay bastantes infolios antiguos". Como si adivinase lo que deparaban muchos años venideros, añade: "En la biblioteca reina el silencio. Casi no llega el rumor del exterior a través de los espesos muros del edificio. El reloj está parado. ¿Desde cuándo? ¿Se habrá detenido a mediados del siglo pasado?".

Trotski acude doce días a la biblioteca. El 24 de noviembre pide Amores y galanterías de los reyes de Francia (1830), de Edme Théodore Bourg, conocido como Saint-Edme. Los días 27, 28 y 30 de noviembre y 1, 4 y 5 de diciembre solicita Historia de la revolución de España y Portugal (1829), de Andreas Daniel Berthold von Schepeler. El 5 de diciembre, Curso de historia moderna (1843), de François Guizot. Los días 6, 9, 11 y 12 de ese mes, Historia de la Revolución 1820-24 (autor: "inconu"). El día 7 pide el único libro en español que consulta: los tomos I y II de España. Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia (1886), de José María Quadrado y Vicente de la Fuente. Los días 12, 13, 14 y 16 solicita De la libertad de los mares y el comercio (1818), de Gilibert de Merlhiac. Y el 18 de diciembre, Memorias políticas y correspondencia diplomática (1858), de Joseph de Maistre.

Cuando Cádiz se prepara para la Navidad, Trotski prepara su partida. Se emplea a fondo unos días con telegramas y llamadas, mueve hilos en Madrid para que le permitan viajar a Barcelona y embarcar allí hacia Nueva York. No deja por ello de anotar lo que observa en la ciudad: "Tentadores escaparates en las tiendas, al lado de cuyas puertas se instalan los limpiabotas descalzos. Los campesinos llegan de todas partes con sus jumentos cargados de pavos cebados".

Los pavos se los comerán unos pocos privilegiados. El problema de las subsistencias persiste de tal manera que al reporter de Diario de Cádiz le han rogado "personas de las clases medias y más modestas en el vivir" que se dé un paseo por la plaza y que cuente en el periódico a qué precios se venden los artículos de primera necesidad. El periodista les hace caso y relata lo que ha visto: que por un par de huevos le piden tres reales; que las verduras todas, hasta las patatas y los tomates, tienen un precio "elevadísimo". "La vida en Cádiz se hace cada día más imposible", escribe. Las mujeres que van a la compra ("sirvientas principalmente") se retiran con las cestas vacías y dicen: "¿Qué hago yo con este duro? Pues nada... Se lo devolveré a la señorita".

El 20 de diciembre, Leon Trotski toma el tren. Se va a Barcelona, abandona la ciudad en la que ha permanecido 37 días. El jefe de la policía le ha pasado una cuenta por un telegrama que dice haber enviado relacionado con sus gestiones: 17,50 pesetas. El hombre tendrá para unos cuantos huevos, quizá para un pavo. Trotski se las paga y sube al tren acompañado por dos policías. Luego escribe: "A gran señor, gran honor. El viaje lo haré por Madrid. Conozco el camino".

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