"Escribir una novela es como una penitencia, una cosa tremenda"

-¿La crisis económica es un tiempo propicio para la poesía?

-Soy un poeta en crisis, porque no escribo con asiduidad, si crisis se puede llamar a una escasez de inspiración, que no tengo. Lo que sí hay es un capricho de no saber en qué momento tengo que ponerme a escribir, porque se me ocurren cosas pero se quedan en el aire.

-¿Es un poeta indisciplinado?

-Totalmente. No he sido un alumno disciplinado, no he sido una persona disciplinada en ningún sentido, he sido incapaz de mantener un tiempo una relación de cualquier clase, solamente las de amistad han sido las que he mantenido hasta el final. No me gusta seguir un plan; por eso, escribir una novela, que requiere tanta dedicación, es como una penitencia, una cosa tremenda. Es dejarlo todo y vivir encerrado con unos personajes que, a lo mejor, odias.

-Ahora parece que quien no ha escrito una novela no se ha realizado como escritor.

-Afortunadamente, los novelistas no se pasan a la poesía, porque si no sería horrible. Ya lo hizo Pío Baroja y aquello fue de risa. Las Canciones del Suburbio de don Pío son realmente lastimosas. Los poetas, en cambio, son más atrevidos y casi todos tienen ya su novela y el que no la ha publicado es por falta de editorial, que no se fían.

-¿Podemos estar tranquilos y no habrá una novela con la firma de García Baena?

-No, por favor, no. Acaso algún cuento breve, brevísimo, de dos folios es posible; pero más, no. No me he creído nunca escritor. El poeta es otra cosa, ave de paso.

-Su última obra en prosa es un elogio a la gastronomía tradicional. ¿Acude para salvarla de la cocina de vanguardia?

-Esto es un prólogo para un libro que se va a hacer sobre los restaurantes cordobeses. Luego se ha convertido en manifiesto que han ido firmando todos. Le han dado la importancia que no tiene. La verdad es que al principio lo tomé con despego, pero luego me ha interesado porque he visto cosas interesantes de la cocina andaluza tradicional que se está olvidando. En el fondo, siempre deseamos comer lo que hemos comido de niños. Tenemos nostalgia de la comida de las casas de nuestros padres. Todo esto se va olvidando. Solamente Vicente Núñez preguntaba en los restaurantes, en el Ritz o donde fuera, si tenían fideos con almejas. Esto es lo que se desea comer cuando ya se tiene una edad y el paladar ha pasado por todos los horrores de los grandes restaurantes.

-¿Esto es así porque el hombre busca reencontrarse en el plato?

-En el plato y en todo lo que es la niñez. El plato es lo diario y te tienes que enfrentar a él. Cuando te enfrentas a un desconocido quieres encontrar el plato de los tiempos de tu infancia.

-¿Qué le sugieren los platos cuadrados de ahora?

-Me dan horror, porque me sugieren una cuartilla en blanco y creo que tengo que escribir un poema sobre aquello. Me causa espanto verlos. Son incómodos, porque el redondo se acopla muy bien a la mesa y los cuadrados no sabes cómo ponerlos. Es la vanguardia que consiste en llevar la contraria a lo que se ha hecho antes.

-Usted conoció el Torremolinos de los años sesenta, un lugar muy alejado de la estética de su poesía, ¿no?

-En mi poesía hay también un algo de Torremolinos, por lo menos de la Costa del Sol. El mar ha salido siempre, porque de niño he ido junto al Mediterráneo. Incluso cuando vivía en Córdoba, el mar tenía una presencia en mis poemas. Cuando en 1965 me traslado a Málaga está sobre todo en Fieles guirnaldas fugitivas; están los Tres retratos de verano, que son personajes auténticos de la Costa del Sol. Era un respirar más hondo y mucho más libre que en la vida que se llevaba en las provincias del interior, de la que Córdoba era una verdadera cárcel.

-¿Cómo se sobrevive al verano en una ciudad del interior?

-Muy mal. Con el aire acondicionado, con la cocina de verano, porque existen los cocidos de verano con muchas hortalizas y una salsa especial. Sobre todo, el gazpacho, que creo que es el heredero directo del garum de los romanos. Uno de los motivos por los que ha persistido la leyenda del garum era porque los clásicos creían que era afrodisiaco.

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